Lo que no recuerdo
Lo único que no me acuerdo es eso. Incluso puedo dar detalles sin importancia de todo lo que hice ese día. Su cara miraba...More
Desangrando en mi ballena blanca
Desolación, desconcierto, confusión. Soy Ahab. Fue ella quien aplastó mi corazón y de esa forma perdí mi alma. Mientras trazo...More
Bartleby el escribiente
Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora...More
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Lo primero que recuerdo es haberle preguntado a papa: “¿Por qué?...More
martes, 3 de abril de 2012
Muerte entre Bastidores - Bram Stoker
MUERTE ENTRE BASTIDORES
Supongo que algunos de ustedes recordarán el caso ocurrido no hace mucho del acróbata que murió en accidente durante una representación. No hace falta mencionar nombres. Nos referiremos a él como Mortimer, Henry Mortimer. Nunca se supo la causa de su muerte, pero yo sí sé cómo se produjo. He guardado silencio durante todo este tiempo, y ahora puedo hablar sin miedo a herir a nadie. Ya han fallecido todos los interesados en su muerte o en la del hombre que la planeó.
Cualquiera de ustedes que conozca el caso recordará lo apuesto, bien parecido y elegante que era Mortimer. Creo que es el hombre más atractivo que he visto nunca. Además, era el tipo más ágil que haya pisado nunca un escenario. Estaba tan seguro de sí mismo que utilizaba peso extra; así, cuando caía el contrapeso, saltaba cinco o seis pies más alto de lo que nunca nadie ha podido saltar. Además, levantaba las piernas en el aire de tal forma, parecida a como hacen las ranas al nadar, que daba la sensación de que saltaba mucho más arriba.
Creo que todas las chicas estaban enamoradas de él por la forma en que se comportaban cuando estaban entre bastidores y se acercaba el momento de su entrada. Eso no le habría importado mucho (las chicas siempre se enamoran de un hombre u otro), de no haber sido porque varias mujeres casadas empezaron a comportarse igual. Para mayor vergüenza, algunas de las que iban siempre detrás de él llevaban a sus propios maridos.
Era una situación bastante peligrosa y difícil de soportar para un hombre que quería ser decente a toda costa. Pero el verdadero tormento y el auténtico problema lo era la joven esposa de mi propio jefe, Jack Haliday, el tramoyista jefe. Ella era demasiado para la sangre y la carne de cualquier hombre. Había empezado en el mundo del teatro la temporada anterior como gimnasta. Podía saltar más alto que las chicas que le sacaban medio metro de altura. Era una chiquilla menuda, tan bonita como un pastel, una muchachita delgada, de pelo rubio y ojos azules, que bien hubiera podido pasar por chico de no ser por dos detalles que no dejaban lugar a dudas. Jack Haliday se volvió loco por ella y, cuando la noticia saltó, y puesto que no se presentó ningún otro joven brillante ni con posibles, ella se casó con él. Fue lo que suele llamarse un matrimonio de conveniencia pero, después de cierto tiempo, comenzaron a llevarse muy bien. Todos pensamos que le empezaba a gustar el viejo (Jack era lo suficientemente mayor como para ser su padre y aún le sobraban años). En verano, al terminar la temporada, él se la llevó a la isla de Man y, a la vuelta, no ocultó a nadie que habían sido los días más felices de su vida. Ella también parecía dichosa y lo trataba con cariño. Todos empezamos a creer que aquel matrimonio saldría bien.
Sin embargo, cuando se iniciaron los ensayos de la nueva temporada, las cosas comenzaron a cambiar. El viejo Jack parecía disgustado y había perdido el interés por su trabajo. Loo, así se llamaba la señora Haliday, ya no se mostraba cariñosa con él y se ponía nerviosa cuando él estaba cerca. Entre nosotros, los hombres, no hacíamos ningún comentario al respecto, pero las mujeres casadas sonreían, asentían con la cabeza y susurraban que tal vez ella tuviera sus razones. Un día, en el escenario, cuando comenzaba el ensayo del acróbata, alguien comentó que quizá ese año la señora Haliday no bailaría; todas sonrieron como si compartieran un secreto. Entonces, la mujer de Jack se levantó y les soltó una perorata por meter las narices donde no debían, por decir un montón de mentiras y cosas por el estilo. Los demás tratamos de consolarla lo mejor que supimos y ella se marchó a casa.
Poco después de este episodio, la señora Haliday y Henry Mortimer se fueron juntos al acabar el ensayo; Henry se había ofrecido a acompañarla hasta su casa, y ella no se opuso. Ya dije anteriormente que era un hombre muy atractivo.
A partir de ese día y hasta la noche de la última representación que, por supuesto, era una función de gala (“Todo para todos”), ella no apartaba los ojos de él.
Parecía como si Jack Haliday no se diera cuenta de lo que sucedía a su alrededor, aunque todos lo supiéramos. En realidad, el trabajo le tenía muy ocupado: un tramoyista jefe no tiene mucho tiempo libre el día de una función de gala. Y, por supuesto, nadie de la compañía dijo ni hizo nada que llamase su atención sobre aquella cuestión. Los hombres y las mujeres son unos seres muy extraños. Están ciegos y sordos ante el peligro que los acecha y, sólo cuando el escándalo ya es irremediable, se ponen a hablar, justo cuando lo que deberían hacer es guardar silencio.
Yo me daba cuenta de todo lo que sucedía, pero no lo entendía. Me gustaba Mortimer y lo admiraba, igual que me ocurría con la señora Haliday. Pensaba que era un gran tipo. Yo apenas era un crío y, además, siendo el aprendiz de Haliday, lo que menos deseaba era buscarme líos, aunque intuía que vendrían de todas formas. Sólo después de volver a pensar mucho en los hechos, he podido empezar a comprender lo que sucedía. Espero que ahora ustedes puedan entenderlo todo, puesto que lo que les cuento es fruto de lo que vi, oí y me contaron, tras haber permanecido sepultado y oculto en mi mente durante mucho tiempo.
La función llevaba ya unas tres semanas en cartel. Un sábado, entre dos números, oí hablar a dos miembros de la compañía. Eran dos de esas chicas que bailan, cantan y tratan de hacerse imprescindibles. No creo que ninguna de ellas fuera mejor que la señora Haliday. Eran de esas chicas que corren detrás de los jóvenes a los que les sobra el dinero y pueden invitarlas a cenas regadas con champán. Pero lo único que viene al caso aquí son los celos que sentían por las mujeres casadas, en realidad, el mismo objetivo que ellas perseguían, mujeres que, por lo general, tenían un nivel de vida más alto que ellas. Las mujeres de ese tipo disfrutan viendo hundirse a una mujer decente; eso les hace sentirse más importantes. Dos auténticas balas perdidas, completamente acabadas, querían salvar a una chica decente de caer en sus mismos errores. Esto es así mientras son jóvenes, porque una mujer indecente entradita en años ya es el colmo. Estarán ansiosas por destrozar a cualquiera, siempre que puedan sacar provecho de ello.
Bueno, pues las dos chicas disfrutaban cotilleando sobre la señora Haliday y lo encaprichada que estaba con Mortimer. No se dieron cuenta de que yo estaba sentado en un palco detrás de un decorado que debía estar preparado para el comienzo de la representación de noche. Las dos estaban enamoradas de Mortimer, que no les hacía el menor caso a ninguna, de manera que estaban furiosas como gatas en celo. Una decía:
—El viejo es peor que un ciego. No quiere ver.
—Yo no estaría tan segura de eso —respondió la otra—. No va a dejar pasar la ocasión. Creo que tú también estás ciega, Kissie. —Ése era su nombre, Kissie Mountpelier, incluso en los papeles oficiales—. La acompaña a casa todas las noches después de la función. Tú deberías saberlo mejor que nadie, te pasas las horas muertas en el vestíbulo esperando a que tu chico llegue del club.
—¿Qué dices, bola de sebo?—replicó la otra con un lenguaje bastante grosero—. ¿No sabes que siempre hay dos finales posibles? El viejo sólo quiere un final.
A continuación, se pusieron a cuchichear y a reírse con disimulo. Poco después, la otra le dijo:
—Él piensa que sólo se puede hacer daño después de acabar el trabajo.
—Vaya broma —respondió la otra—. Ellos saben perfectamente que el viejo tiene que estar abajo mucho antes de que se levante el telón; la señora no llega hasta el número de baile de La Visión de Venus, después del intermedio, y él hasta que no toca su número de acrobacia.
Después de oír aquello, me fui. No estaba dispuesto a escuchar más tonterías como aquélla.
Durante aquella semana las cosas siguieron su rumbo normal. El pobre Haliday no estaba bien. Parecía preocupado y tenía un humor de perros. Yo tenía mis razones para creer que lo que le preocupaba era su trabajo. Siempre había sido muy trabajador y la temporada era un verdadero tormento para él. No pensaba más que en su deber. Se me ocurrió que quizá ése era el motivo por el que aquellas dos chicas se habían inventado aquella historia difamatoria. Después de todo, una calumnia, sin importar lo falsa que sea, debe empezar de un modo u otro. Si no existe una base real, se cuenta algo que lo parezca. No importaba lo ocupado que estuviese el viejo Jack, porque siempre sacaba tiempo para llevar a casa a su mujer.
A medida que transcurría la semana, el viejo se iba poniendo cada vez más pálido, y yo empecé a pensar que estaba enfermo. Normalmente, se quedaba en el teatro entre las dos funciones del sábado y no se iba a casa; solía tomarse un tentempié en la cafetería que estaba al lado del teatro y así estaba disponible en caso de que surgiera cualquier imprevisto en la preparación de la función de la noche. Aquel sábado salió, como el resto de los sábados, durante el primer número y mientras los operarios preparaban los materiales para el resto de las actuaciones. Algo más tarde surgió algún problema, el típico problema de los sábados, y salí a buscarlo. Al entrar en la cafetería, no lo vi. Pensé que era mejor no preguntar ni indagar, y volví al teatro. Allí, los operarios, que habían discutido sobre si salir a tomar algo, me dijeron que el problema se había solucionado solo, como siempre. Metí prisa a los que quedaban y conseguimos tenerlo todo listo justo a tiempo para que salieran a comer algo. Después, salí yo. Por aquellos días, yo empezaba a sentir ya el peso de la responsabilidad, así que me entretuve lo menos posible y volví enseguida para revisar los aparatos y comprobar que todo estaba en orden, especialmente la trampilla, de la que Jack Haliday estaba siempre pendiente. Podía disculpar un fallo en cualquier cosa, pero si te equivocabas con una trampilla, estabas despedido. Siempre les decía a los operarios que aquél no era un trabajo corriente: era cuestión de vida o muerte.
Acababa de terminar mi revisión cuando vi al viejo Jack entrar por el vestíbulo. No había nadie a aquella hora y el escenario estaba a oscuras. Pero, a pesar de la oscuridad, pude ver que el viejo estaba terriblemente pálido. No le dije nada porque estaba lejos y, además, por la forma en que se movía, sigilosamente, deslizándose tras los decorados, imaginé que no quería que nadie le viera. Pensé que lo mejor que podía hacer era quitarme de en medio. Salí y me tomé otra taza de té.
Volví un poco antes que los operarios, cuya única preocupación era estar en sus puestos cuando sonara el silbido de Haliday. Fui a presentarme a mi jefe, que estaba en una pequeña cabina de mamparas de cristal en la parte de atrás del taller de carpintería. Allí estaba, inclinado sobre un banco, y limaba algo con tanta energía que pareció no escuchar que yo llegaba. Me marché sin decirle nada. No es muy inteligente que un aprendiz estorbe a su maestro cuando éste está ocupado en sus asuntos.
Llegado el momento de la función, se encendieron las luces. Haliday estaba, como siempre, en su puesto. Parecía muy pálido y enfermo, tan enfermo que, al salir el director de escena, le dijo que si prefería irse a casa a descansar, él se encargaría de que alguien hiciera su trabajo. Haliday se lo agradeció, pero le dijo que podía seguir.
—Me siento un poco débil y raro, señor —le dijo—. Hace sólo un rato parecía como si me fuera a desmayar. Pero ya se me ha pasado y estoy seguro de que podré desempeñar correctamente mi labor.
Las puertas se abrieron y el público de la función del sábado noche entró entre empujones. El Victoria era todo un acontecimiento los sábados por la noche. No importaba lo que pudiera pasar otras noches, aquella función siempre salía bien. En la profesión se comentaba que el Victoria vivía de eso y que la dirección del espectáculo se tomaba vacaciones el resto de la semana. Los artistas lo sabían y no importaba si la representación salía más o menos floja de lunes a viernes; esa noche todos estaban listos y en plena forma. No había ni tropiezos ni errores la noche del sábado. De no ser así, sabían que iban a la calle.
Mortimer era uno de los que más cuidado ponía. No vacilaba en ningún momento (claro que un momento de vacilación en un acróbata no es un defecto porque, si lo tiene, adiós acróbata). Siempre daba lo mejor de sí la noche del sábado. Cuando salía disparado por encima de la trampilla en forma de estrella, siempre llegaba un par de metros más alto. Para conseguirlo, teníamos que poner siempre mucho más peso. Era él mismo quien lo comprobaba, porque no es ninguna broma que te lancen por una trampilla como si te disparasen con un cañón. Las puntas de la estrella deben quedar libres y las bisagras estar perfectamente engrasadas ya que, en caso contrario, puede suceder cualquier desgracia. Además, hay una persona encargada de vigilar que todo esté a punto en el escenario. Recuerdo haber oído que una vez en Nueva York, de eso hace ahora ya muchos años, falleció un acróbata por culpa de un operario (lo que los yanquis llaman carpintero y los forasteros tramoyista) que se puso a caminar sobre la trampilla justo cuando se habían dejado caer los contrapesos. A la viuda no le sirvió de consuelo saber que el tramoyista también había muerto. Aquella noche, la señora Haliday estaba más guapa que nunca y botó la pelota más alto que en ninguna otra ocasión. Después, ya vestida de calle, regresó como siempre a los bastidores y esperó a que comenzaran las acrobacias. El viejo Jack cruzó el escenario y se puso a su lado. Lo vi desde la parte de atrás de las filas de asientos deslizantes que rodean los “Reinos del Placer”. No pude evitar comprobar que el viejo seguía terriblemente pálido. Tenía la mirada fija en la trampilla con forma de estrella. Al darme cuenta, miré también hacia allí. Temía que algo pudiera salir mal. Pero, cuando se había montado el escenario para la función de tarde, yo había comprobado que todo funcionaba correctamente y que las juntas estaban bien engrasadas y, como no se había tocado nada en toda la noche, estaba tranquilo. Creo que me pareció ver un brillo extraño cuando el foco iluminó las bisagras de latón. Había una luz que daba justo encima del puente; así, se conseguía realzar la actuación del acróbata y su enorme salto. La gente solía chillar cuando lo veía salir disparado por la trampilla. El acróbata juntaba las piernas en el aire y las separaba durante un instante; luego, mientras bajaba, las volvía a juntar y sólo doblaba las rodillas cuando tocaba el escenario.
Al dar la señal, el contrapeso funcionó correctamente. Por el sonido del golpe, supe que hasta ese momento no había problemas.
Pero algo no salió bien. La trampilla no se accionó con suavidad; se abrió de golpe justo cuando la cabeza del acróbata la rozó. Se oyó un ruido y un chasquido, y las piezas de la estrella saltaron y cayeron por el escenario. Con ellas apareció también la silueta llena de color y lentejuelas que ya conocemos.
Pero no se levantó como siempre. Subía erguido, sin la elasticidad habitual en él. No movía las piernas y, cuando estuvo a una altura considerable, aunque no tan arriba como acostumbrada, pareció perder el equilibrio y cayó a un lado del escenario. El público gritó horrorizado, y la gente que estaba entre bastidores, artistas y personal de mantenimiento, unos en traje de calle y otros vestidos para la actuación, lo rodearon. Pero el hombre de lentejuelas apenas se movía.
El mayor grito fue el de la señora Haliday. Llegó la primera al lugar donde yacía él, donde yacía aquello. El viejo Jack estaba muy cerca, justo detrás de ella, y la sujetó cuando se desmayó. Sólo vi eso. Tenía que recoger las piezas de la trampilla, ya había demasiada gente ocupándose del cadáver. En ese momento, lo más difícil era atravesar la orquesta y subir al escenario.
Me las arreglé como pude para reunir los trozos antes de que se abalanzara el público. Me di cuenta de que algunos trozos tenían mellas muy profundas, pero sólo me dio tiempo a echar un vistazo. Con un palco tapé el agujero para que nadie metiera el pie dentro porque, en el mejor de los casos, eso habría supuesto una pierna rota. Si alguien llegaba a caerse dentro, podía ser mucho más grave. Entre otras cosas, encontré un extraño objeto de acero pulido con algunas zonas dobladas hacia adentro. Yo sabía que no era una parte de la trampilla pero, como debía venir de algún sitio, me lo metí en el bolsillo.
En ese momento ya se había congregado una multitud alrededor del cuerpo de Mortimer. Con sólo ver su postura, no había duda alguna de que estaba muerto y bien muerto. Estaba despatarrado, en una posición muy rara: una de las piernas la tenía doblada por debajo del cuerpo y la punta del pie le asomaba de un modo antinatural. ¡Pero, ya basta, mejor no entrar en más detalles sobre un cadáver!
La gente también se congregaba alrededor de la señora Haliday. Su marido la había llevado y la había recostado en una zona que estaba cerca de los bastidores. Ella también parecía un cadáver; estaba pálida, fría y no se movía. El viejo Jack permanecía arrodillado a su lado, y le acariciaba las manos. Se le veía preocupado por ella porque también él estaba mortalmente pálido. Sin embargo, mantuvo la sangre fría y llamó a sus hombres. Dejó a su mujer al cuidado de la señora Homcroft, la encargada del ropero, que había bajado corriendo. Era una mujer muy eficiente, que supo actuar con decisión; le pidió a uno de los hombres que estaban allí que cogiera a la señora Haliday y la llevara al guardarropa. Me contaron que, al llegar allí, echó a todos los que la habían seguido, tanto hombres como mujeres, para ocuparse de todo ella misma.
Puse los trozos de la trampilla encima del palco y le pedí a uno de nuestros operarios que se encargara de ellos y que nadie los tocara, porque podían pedírnoslos después. A esas horas, ya habían llegado los policías que estaban de servicio enfrente del teatro. Como habían llamado a la comisaría, no paraban de llegar agentes. Uno de ellos se ocupó del sitio donde estaba la trampilla rota. Cuando le contaron quién había colocado allí el palco y los trozos rotos, mandó a buscarme. Mientras tanto, otros agentes se llevaron el cuerpo a guardarropía, una sala grande con bancos, que se podía cerrar con llave. Dos de los agentes se quedaron de guardia en la puerta y no dejaban que entrara nadie sin su permiso.
El policía encargado de la trampilla me preguntó si había visto el accidente. Le respondí que sí, y me pidió que se lo describiera. No creo que confiara mucho en mi capacidad descriptiva, porque enseguida obvió esa parte del interrogatorio. A continuación, me pidió que le indicara dónde había encontrado los trozos de trampilla. Yo simplemente le dije:
—¡Dios mío, señor, no puedo decírselo! Cayeron por todas partes. Tuve que recogerlos de entre los pies de la gente, que se abalanzaba de todos los lados.
—De acuerdo, chaval —me dijo de una forma bastante amable para ser policía—. No creo que te molesten más. Según me han dicho, hay montones de hombres y mujeres que estaban allí y que lo vieron todo. Los llamaremos a todos a declarar.
Por aquella época yo era un chiquillo enclenque (bueno, tampoco es que ahora sea un gigante) y me imaginé que no iban a utilizar como testigo a un crío cuando había montones de adultos. Después, el policía comentó algo poco amable sobre mí y un centro para subnormales, así que cerré la boca y no dije nada más.
Poco a poco, se habían ido deshaciendo del público. Algunos se marcharon en grupo para tomar una copa antes de que cerraran los bares y para charlar de todo lo sucedido. El resto de nosotros y la policía permanecimos allí. Luego, cuando la policía ya se había hecho cargo de todo y había puesto hombres de guardia para toda la noche, llegó el juez de instrucción. Ordenó el levantamiento del cadáver y su traslado al depósito, donde el forense de la policía le practicaría la autopsia. Me dejaron irme a casa, y yo me fui encantado cuando vi que todo se quedaba en orden.
El señor Haliday se llevó a su mujer a casa en una calesa, quizá porque la señora Homcroft y otras almas piadosas le habían dado tanto whisky, coñac y ron, tanta ginebra, cerveza y pipermín que creo que no habría podido dar un paso ni aunque hubiera querido.
Al desvestirme y mientras me quitaba los pantalones, algo me arañó en la pierna. Vi que se trataba del trozo de acero pulido que había recogido del escenario. Tenía la forma de una estrella de mar, pero con las puntas muy cortas. Algunas estaban dobladas hacia abajo y el resto las habían vuelto a enderezar. Me quedé con ella en la mano. Me pregunté de dónde podía haber salido y para qué serviría, pero no pude recordar nada del teatro donde pudiera encajar. La miré de nuevo más de cerca y comprobé que todos los bordes estaban limados y que brillaban. Pero eso no me sirvió de mucho, así que la dejé en la mesilla y pensé que me la llevaría por la mañana. Tal vez alguno de los chicos supiera algo. Apagué el quinqué, me acosté y me dormí.
Debí de empezar a soñar inmediatamente. El sueño tenía relación, como no podía ser de otra forma, con el terrible suceso que había ocurrido aquella noche. Pero, como sucede en todos los sueños, todo estaba confuso. Todo se mezclaba: Mortimer con sus lentejuelas volando sobre la trampilla, ésta que se rompía y los trozos salían despedidos. El viejo Jack miraba hacia una parte del escenario con su mujer a su lado, él tan pálido como un muerto y ella más bella que nunca. Entonces, Mortimer caía retorcido sobre el escenario. La señora Haliday gritaba y ella y Jack salían corriendo. Mientras, yo recogía los trozos de la trampilla de entre los pies de la gente y encontraba la estrella de acero con las puntas limadas.
Me desperté empapado en sudor frío. Me senté en la cama en medio de la oscuridad y me dije:
—¡Eso es!
Me puse a darle vueltas, me tumbé de nuevo y empecé a pensar en todo aquello. Y de golpe, todo se aclaró. Fue el señor Haliday quien fabricó la estrella y quien la colocó en los puntos de unión de la trampilla. Eso era lo que estaba limando el viejo Jack cuando lo vi en su banco de trabajo. Lo había hecho porque Mortimer y su mujer se habían estado acostando. Después de todo, aquellas chicas tenían razón. Claro, las puntas de acero habían impedido que la trampilla se abriera. Por eso, cuando Mortimer salió disparado, se rompió el cuello.
Pero en aquel momento me sobrecogió una idea terrible. Si Jack lo había hecho, era un asesino y lo colgarían. Después de todo, era con su mujer con quien se había acostado el acróbata. El viejo Jack la amaba más que a sí mismo y había sido muy bueno con ella, y ella era su mujer. Aquel pedazo de acero iba a hacer que lo colgaran, si es que se llegaba a conocer su existencia. Pero nadie, salvo yo y quienquiera que lo fabricara y lo colocara en la trampilla, sospechaba de su existencia. El señor Haliday era mi maestro, y el hombre que estaba muerto, un canalla.
Por aquella época, yo vivía en Quarry Place. En la vieja cantera había una charca tan profunda que los chicos solían decir que muy abajo el agua hervía porque estaba cerca del infierno.
Nadie supo nada. Nunca he dicho una palabra de esto hasta hoy. Me llamaron a declarar. Todo el mundo tenía prisa: el juez, el jurado y la policía. Nuestro jefe también tenía prisa porque queríamos seguir con el espectáculo todas las noches y hablar demasiado de la tragedia habría perjudicado al negocio. No se averiguó nada y todo siguió como siempre. Todo, salvo una cosa. Después de lo ocurrido, la señora Haliday ya no se quedaba entre bastidores durante los números de acrobacia, y estaba tan enamorada de su anciano marido como cualquier mujer lo estaría del suyo. Era a él a quien miraba y siempre con una especie de adoración respetuosa. Ella lo sabía, aunque todos lo ignoraban, al igual que lo sabíamos su esposo y yo.
domingo, 1 de abril de 2012
viernes, 23 de marzo de 2012
lunes, 12 de diciembre de 2011
Selva oscura - Dante Alighieri
Categories :
Ángel Crespo . bosque . canto I . clasico . Comedia . Dante . dark forest . fiera . infierno . leon . leopardo . selva oscura . she wolf . Virgilio
DIVINA COMEDIA
Dante Alighieri
-traducción de Ángel crespo-
INFIERNO
CANTO I
-Selva oscura-

Nel mezzo del cammin di nostra vitami ritrovai per una selva oscuraché la diritta via era smarrita.
A mitad del camino de la vida
yo me encontraba en una selva oscura,
con la senda derecha ya perdida.
3
¡Ah, pues decir cuál era es cosa dura
esta selva salvaje, áspera y fuerte
que en el pensar renueva la pavura!
6
Es tan amarga que algo más es muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré
diré de cuanto allá me cupo en suerte.
9
Repetir no sabría cómo entré,
pues me vencía el sueño el mismo día
en que el veraz camino abandoné.
12
Mas tras llegar al cerro que subía
allí donde aquel valle terminaba
que con pavor a mi alma confundía,
15
al mirar a la cumbre, vi que estaba
vestida de los rayos del planeta
que el buen camino a todos señalaba.
18
Quedóse la aprensión un poco quieta
que de mi corazón adolorido
en el lago duró la noche inquieta.
21
Y como aquel que con aliento ardido,
del piélago salido a la ribera,
mira al agua que casi le ha perdido,
24
mi alma, que fugitiva entonces era,
volvióse a contemplar de nuevo el paso
que no atraviesa nadie sin que muera.
27
Tras reposar un poco el cuerpo laso,
mi camino seguí por tal desierto,
más bajo siempre el pie que no da el paso.
30
Y, apenas el camino me hube abierto,
un leopardo liviano allí surgía,
de piel manchada todo recubierto;
33
Vedi la bestia per cu' io mi volsi;
parado frente a mí, frente me hacía
cortando de ese modo mi camino,
y yo, para volver, ya me volvía.
36
Era el tiempo primero matutino
y se elevaba el sol con las estrellas
que estuvieron con él cuando el divino
39
amor movía aquellas cosas bellas;
y esperar bien podía, y con razón,
aunque a la fiera moteada viese,
42
la hora del alba y la dulce estación;
mas no sin que temor me produjese
la imagen, que vi entonces, de un león.
45
Questi parea che contra me venissecon la test'alta e con rabbiosa fame,sì che parea che l'aere ne tremesse.
Me pareció que contra mí viniese,
alta la testa y con hambrientos ojos,
que parecía que el aire le temiese.
48
Y, una loba, que todos los antojos
alojar semejaba en su magrura
y a muchos procuró duelo y enojos,
51
me llenó de inquietud con la bravura
que veía lucir en su mirada
y perdí la esperanza de la altura.
54
Y, como aquel que goza en la jornada
de la ganancia y, cuando llega el día
de perder, llora su alma contristada,
57
así la bestia, que hacia mí venía,
me empujaba sin tregua, lentamente,
al lugar en que al sol no se le oía.
60
Mientras me deslizaba en la pendiente,
ya mi mirada había descubierto
a quien por mudo di, por silente.
63
Cuando le contemplé en el desierto,
«¡Apiádate», yo le grité «de mí,
ya seas sombra o seas hombre cierto!»
66
Respondióme : «Hombre no, que hombre ya fui,
y por padres lombardos engendrado,
de la mantuana patria. Yo nací
69
bajo Julio, aunque tarde, y he morado
en la Roma regida por Augusto,
la que a falsas deidades ha adorado.
72
Poeta fui, canté entonces al justo
hijo de Anquises, que de Troya vino
cuando el soberbio Ilión quedó combusto.
75
¿Mas por qué vuelves tú al amargo sino,
por qué no vas al monte complaciente
que de todos los goces es camino?»
78
«¿Eres tú aquel Virgilio y esa fuente
de quien brota el caudal de la elocuencia?»
le respondí con vergonzosa frente.
81
«De los poetas el honor y la ciencia,
válgame el largo estudio y gran amor
con que busqué en tu libro la sapiencia.
84
Eres tú mi maestro, tú mi autor:
tú solo aquel del que he tomado
el bello estilo que me diera honor.
87
Vedi la bestia per cu' io mi volsi;
aiutami da lei, famoso saggio
ch'ella mi fa tremar le vene e i polsi
Mira la bestia que hacia atrás me ha echado,
sabio famoso, y ahórrame su ultraje;
por ella pulso y venas me han temblado».
90
«Te conviene emprender distinto viaje».
me respondió mirando que lloraba,
«para dejar este lugar salvaje:
93
Que esta, por la que gritas, bestia brava
no cede a nadie el paso por su vía
y con la vida del que intenta acaba;
96
y es su naturaleza tan impía
que nunca sacía su codicia odiosa
y, tras comer, tiene hambre todavía.
99
Con muchos animales se desposa
y muchos más serán hasta el momento
en que le dé el Lebrel muerte espantosa.
102
No serán tierra y oro su alimento,
sino amor y sapiencia reunidas;
tendrá entre fieltro y fieltro nacimiento.
105
Verá Italia sus fuerzas resurgidas
por quien, virgen, Camila halló la muerte
y Euríalo, Turno y Niso, con heridas.
108
De un pueblo y de otro lo echará, de suerte
que habrá de dar con ella en el Infierno,
del que la envidia prima la divierte.
111
De donde, por tu bien, pienso y discierno
que me sigas y yo seré tu guía,
y he de llevarte hasta el lugar eterno
114
donde oirás espantosa gritería.
verás almas antiguas dolorosas:
segunda muerte lloran a porfía;
117
verás gentes también que son dichosas
en el fuego, que esperan convivir
un día con las almas venturosas.
120
A las cuales, si aspiras a subir,
más que la mía existe un alma pura:
con ella, al irme yo, te veré ir;
123
que aquel emperador que hay en l altura,
puesto que fui rebelde a su doctrina,
que yo no llegue a su ciudad procura.
126
A todo desde allí rige y domina;
allá están su ciudad y su alta sede
¡feliz aquel a quien allí destina! »
129
Y dije yo: «Poeta, pues lo puede
aquel Dios que tú nunca has conocido,
de este mal libre, y de otro mayor, quede;
132
llévame donde ahora has comprometido,
y las puertas de Pedro vea un día,
y a los de ánimo triste y afligido».
Él echó a andar, y yo detrás seguía.
136
Allor si mosse, e io li tenni dietro.
FIN DEL CANTO I
viernes, 9 de diciembre de 2011
Bartleby, el escribiente - Herman Melville
Bartleby, el escribiente (parte I)
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Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada es indagable, salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas. De Bartleby no sé otra cosa que la que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.
Antes de presentar al amanuense, tal como lo vi por primera vez, conviene que registre algunos datos míos, de mis empleados, de mis asuntos, de mi oficina y de mi ambiente general. Esa descripción es indispensable para una inteligencia adecuada del protagonista de mi relato. Soy, en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha sentido profundamente que la vida más fácil es la mejor. Por eso, aunque pertenezco a una profesión proverbialmente enérgica y a veces nerviosa hasta la turbulencia, jamás he tolerado que esas inquietudes conturben mi paz. Soy uno de esos abogados sin ambición que nunca se dirigen a un jurado o solicitan de algún modo el aplauso público. En la serena tranquilidad de un cómodo retiro realizo cómodos asuntos entre las hipotecas de personas adineradas, títulos de renta y acciones. Cuantos me conocen, considéranme un hombre eminentemente seguro. El finado Juan Jacobo Astor, personaje muy poco dado a poéticos entusiasmos, no titubeaba en declarar que mi primera virtud era la prudencia: la segunda, el método.
No lo digo por vanidad, pero registro el hecho de que mis servicios profesionales no eran desdeñados por el finado Juan Jacobo Astor; nombre que, reconozco, me gusta repetir porque tiene un sonido orbicular y tintinea como el oro acuñado. Espontáneamente agregaré que yo no era insensible a la buena opinión del finado Juan Jacobo Astor.
Poco antes de la historia que narraré, mis actividades habían aumentado en forma considerable. Había sido nombrado para el cargo, ahora suprimido en el Estado de Nueva York, de agregado a la Suprema Corte. No era un empleo difícil, pero sí muy agradablemente remunerativo. Raras veces me encojo; raras veces me permito una indignación peligrosa ante las injusticias y los abusos; pero ahora me permitiré ser temerario, y declarar que considero la súbita y violenta supresión del cargo de agregado, por la Nueva Constitución, como un acto prematuro, pues yo tenía por descontado hacer de sus gajes una renta vitalicia, y sólo percibí los de algunos años. Pero esto es al margen.
Mis oficinas ocupaban un piso alto en el n. º X de Wall Street. Por un lado daban a la pared blanqueada de un espacioso tubo de aire, cubierto por una claraboya y que abarcaba todos los pisos.
Este llamado a mis sentimientos personales resultó irresistible. Comprendí que estaba resuelto a no irse. Hice mi composición de lugar, resolviendo que por las tardes le confiaría sólo documentos de menor importancia.
Nippers, el segundo de mi lista, era un muchacho de unos veinticinco años, cetrino, melenudo, algo pirático. Siempre lo consideré una víctima de dos poderes malignos: la ambición y la indigestión. Evidencia de la primera era cierta impaciencia en sus deberes de mero copista y una injustificada usurpación de asuntos estrictamente profesionales, tales como la redacción original de documentos legales. La indigestión se manifestaba en rachas de sarcástico mal humor, con notorio rechinamiento de dientes, cuando cometía errores de copia; innecesarias maldiciones, silbadas más que habladas, en lo mejor de sus ocupaciones, y especialmente por un continuo disgusto con el nivel de la mesa en que trabajaba. A pesar de su ingeniosa aptitud mecánica, nunca pudo Nippers arreglar esa mesa a su gusto. Le ponía astillas debajo, cubos de distinta clase, pedazos de cartón y llegó hasta ensayar un prolijo ajuste con tiras de papel secante doblado. Pero todo era en vano. Si para comodidad de su espalda, levantaba la cubierta de su mesa en un ángulo agudo hacia el mentón, y escribía como si un hombre usara el empinado techo de una casa holandesa como escritorio, la sangre circulaba mal en sus brazos. Si bajaba la mesa al nivel de su cintura, y se agachaba sobre ella para escribir, le dolían las espaldas. La verdad es que Nippers no sabía lo que quería. O, si algo quería, era verse libre para siempre de una mesa de copista. Entre las manifestaciones de su ambición enfermiza, tenía la pasión de recibir a ciertos tipos de apariencia ambigua y trajes rotosos a los que llamaba sus clientes. Comprendí que no sólo le interesaba la política parroquial: a veces hacía sus negocitos en los juzgados, y no era desconocido en las antesalas de la cárcel. Tengo buenas razones para creer, sin embargo, que un individuo que lo visitaba en mis oficinas, y a quien pomposamente insistía en llamar mi cliente, era sólo un acreedor, y la escritura, una cuenta. Pero con todas sus fallas y todas las molestias que me causaba, Nippers (como su compatriota Turkey) me era muy útil, escribía con rapidez y letra clara; y cuando quería no le faltaban modales distinguidos. Además, siempre estaba vestido como un caballero; y con esto daba tono a mi oficina. En lo que respecta a Turkey, me daba mucho trabajo evitar el descrédito que reflejaba sobre mí. Sus trajes parecían grasientos y olían a comida. En verano usaba pantalones grandes y bolsudos. Sus sacos eran execrables; el sombrero no se podía tocar. Pero mientras sus sombreros me eran indiferentes, ya que su natural cortesía y deferencia, como inglés subalterno, lo llevaban a sacárselo apenas entraba en el cuarto, su saco ya era otra cosa. Hablé con él respecto a su ropa, sin ningún resultado. La verdad era, supongo, que un hombre con renta tan exigua no podía ostentar al mismo tiempo una cara brillante y una ropa brillante.
Como observó Nippers una vez, Turkey gastaba casi todo su dinero en tinta roja. Un día de invierno le regalé a Turkey un sobretodo mío de muy decorosa apariencia: un sobretodo gris, acolchado, de gran abrigo, abotonado desde el cuello hasta las rodillas. Pensé que Turkey apreciaría el regalo, y moderaría sus estrépitos e imprudencias. Pero no; creo que el hecho de enfundarse en un sobretodo tan suave y tan acolchado, ejercía un pernicioso efecto sobre él -según el principio de que un exceso de avena es perjudicial para los caballos-. De igual manera que un caballo impaciente muestra la avena que ha comido, así Turkey mostraba su sobretodo. Le daba insolencia. Era un hombre a quien perjudicaba la prosperidad.
Aunque en lo referente a la continencia de Turkey yo tenía mis presunciones, en lo referente a Nippers estaba persuadido de que, cualesquiera fueran sus faltas en otros aspectos, era por lo menos un joven sobrio. Pero la propia naturaleza era su tabernero, y desde su nacimiento le había suministrado un carácter tan irritable y tan alcohólico que toda bebida subsiguiente le era superflua. Cuando pienso que en la calma de mi oficina Nippers se ponía de pie, se inclinaba sobre la mesa, estiraba los brazos, levantaba todo el escritorio y lo movía, y lo sacudía marcando el piso, como si la mesa fuera un perverso ser voluntarioso dedicado a vejarlo y a frustrarlo, claramente comprendo que para Nippers el aguardiente era superfluo. Era una suerte para mí que, debido a su causa primordial -la mala digestión-, la irritabilidad y la consiguiente nerviosidad de Nippers eran más notables de mañana, y que de tarde estaba relativamente tranquilo. Y como los paroxismos de Turkey sólo se manifestaban después de mediodía, nunca debí sufrir a la vez las excentricidades de los dos. Los ataques se relevaban como guardias. Cuando el de Nippers estaba de turno, el de Turkey estaba franco, y viceversa. Dadas las circunstancias era éste un buen arreglo.
Ginger Nut, el tercero en mi lista, era un muchacho de unos doce años. Su padre era carrero, ambicioso de ver a su hijo, antes de morir, en lostribunales y no en el pescante. Por eso lo colocó en mi oficina como estudiante de derecho, mandadero, barredor y limpiador, a razón de un dólar por semana. Tenía un escritorio particular, pero no lo usaba mucho. Pasé revista a su cajón una vez: contenía un conjunto de cáscaras de muchas clases de nueces. Para este perspicaz estudiante, toda la noble ciencia del derecho cabía en una cáscara de nuez. Entre sus muchas tareas, la que desempeñaba con mayor presteza consistía en proveer de manzanas y de pasteles a Turkey y a Nippers.
Ya que la copia de expedientes es tarea proverbialmente seca, mis dos amanuenses solían humedecer sus gargantas con helados, de los que pueden adquirirse en los puestos cerca del Correo y de la Aduana. También solían encargar a Ginger Nut ese bizcocho especial -pequeño, chato, redondo y sazonado con especias- cuyo nombre se le daba. En las mañanas frías, cuando había poco trabajo, Turkey los engullía a docenas como si fueran obleas -lo cierto es que por un penique venden seis u ocho-, y el rasguido de la pluma se combinaba con el ruido que hacía al triturar las abizcochadas partículas. Entre las confusiones vespertinas y los fogosos atolondramientos de Turkey, recuerdo que una vez humedeció con la lengua un bizcocho de jengibre y lo estampó como sello en un título hipotecario. Estuve entonces en un tris de despedirlo, pero me desarmó con una reverencia oriental, diciéndome:
-Con permiso, señor, creo que he estado generoso suministrándole un sello a mis expensas.
Mis primitivas tareas de escribano de transferencias y buscador de títulos, y redactor de documentos recónditos de toda clase aumentaron considerablemente con el nombramiento de agregado a la Suprema Corte. Ahora había mucho trabajo, para el que no bastaban mis escribientes: requerí un nuevo empleado. En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby.
Después de algunas palabras sobre su idoneidad, lo tomé, feliz de contar entre mis copistas a un hombre de tan morigerada apariencia, que podría influir de modo benéfico en el arrebatado carácter de Turkey, y en el fogoso de Nippers.
Yo hubiera debido decir que una puerta vidriera dividía en dos partes mis escritorios, una ocupada por mis amanuenses, la otra por mí. Según mi humor, las puertas estaban abiertas o cerradas. Resolví colocar a Bartleby en un rincón junto a la portada, pero de mi lado, para tener a mano a este hombre tranquilo, en caso de cualquier tarea insignificante. Coloqué su escritorio junto a una ventanita, en ese costado del cuarto que originariamente daba a algunos patios traseros y muros de ladrillos, pero que ahora, debido a posteriores construcciones, aunque daba alguna luz no tenía vista alguna. A tres pies de los vidrios había una pared, y la luz bajaba de muy arriba, entre dos altos edificios, como desde una pequeña abertura en una cúpula. Para que el arreglo fuera satisfactorio, conseguí un alto biombo verde que enteramente aislara a Bartleby de mi vista, dejándolo, sin embargo, al alcance de mi voz. Así, en cierto modo, se aunaban sociedad y retiro.
Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos. No se detenía para la digestión. Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente.
Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la fidelidad de la copia, palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en una oficina, se ayudan mutuamente en este examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un asunto cansador, insípido y letárgico. Comprendo que para temperamentos sanguíneos, resultaría intolerable. Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas con letra apretada.
Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones. En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
-Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta:
-Preferiría no hacerlo.
-Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso?
Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página: tómela -y se la alcancé.
-Preferiría no hacerlo -dijo.
Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.
Me quedé mirándolo un rato largo mientras él seguía escribiendo y luego volví a mi escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer? Mis asuntos eran urgentes. Resolví olvidar aquello, reservándolo para algún momento libre en el futuro. Llamé del otro cuarto a Nippers y pronto examinamos el escrito.
Pocos días después, Bartleby concluyó cuatro documentos extensos, copias cuadruplicadas de testimonios, dados ante mí durante una semana en la cancillería de la Corte. Era necesario examinarlos. El pleito era importante y una gran precisión era indispensable. Teniendo todo listo llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut, que estaban en el otro cuarto, pensando poner en manos de mis cuatro amanuenses las cuatro copias mientras yo leyera el original. Turkey, Nippers y Ginger Nut estaban sentados en fila, cada uno con su documento en la mano, cuando le dije a Bartleby que se uniera al interesante grupo.
-¡Bartleby!, pronto, estoy esperando.
Oí el arrastre de su silla sobre el piso desnudo, y el hombre no tardó en aparecer a la entrada de su ermita.
-¿En qué puedo ser útil? -dijo apaciblemente.
-Las copias, las copias -dije con apuro-. Vamos a examinarlas. Tome –y le alargué la cuarta copia.
-Preferiría no hacerlo -dijo, y dócilmente desapareció detrás de su biombo. Por algunos momentos me convertí en una estatua de sal, a la cabeza de mi columna de amanuenses sentados. Vuelto en mí, avancé hacia el biombo a indagar el motivo de esa extraordinaria conducta.
-¿Por qué rehúsa?
-Preferiría no hacerlo.
Con cualquier otro hombre, me hubiera precipitado en un arranque de ira, desdeñando explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba. Me puse a razonar con él.
-Son sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le ahorrará trabajo, pues un examen bastará para sus cuatro copias. Es la costumbre. Todos los copistas están obligados a examinar su copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!
-Prefiero no hacerlo -replicó melodiosamente. Me pareció que mientras me dirigía a él, consideraba con cuidado cada aserto mío; que comprendía por entero el significado; que no podía contradecir la irresistible conclusión; pero que al mismo tiempo alguna suprema consideración lo inducía a contestar de ese modo.
-¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud, solicitud hecha de acuerdo con la costumbre y el sentido común? Brevemente me dio a entender que en ese punto mi juicio era exacto. Sí: su decisión era irrevocable.
No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera insólita e irrazonable, bruscamente descrea de su convicción más elemental. Empieza a vislumbrar vagamente que, por extraordinario que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado; si hay testigos imparciales, se vuelve a ellos para que de algún modo lo refuercen.
-Turkey -dije-, ¿qué piensa de esto? ¿Tengo razón?
-Con todo respeto, señor -dijo Turkey en su tono más suave-, creo que la tiene.
-Nippers. ¿Qué piensa de esto?
-Yo lo echaría a puntapiés de la oficina.
El sagaz lector habrá percibido que siendo mañana, la contestación de Turkey estaba concebida en términos tranquilos y corteses y la de Nippers era malhumorada. O para repetir una frase anterior, diremos que el malhumor de Nippers estaba de guardia y el de Turkey estaba franco.
-Ginger Nut -dije, ávido de obtener en mi favor el sufragio más mínimo-, ¿qué piensas de esto?
-Creo, señor, que está un poco chiflado -replicó Ginger Nut con una mueca burlona.
-Está oyendo lo que opinan -le dije, volviéndome al biombo-. Salga y cumpla con su deber.
No condescendió a contestar. Tuve un momento de molesta perplejidad. Pero las tareas urgían. Y otra vez decidí postergar el estudio de este problema a futuros ocios. Con un poco de incomodidad llegamos a examinar los papeles sin Bartleby, aunque a cada página, Turkey, deferentemente, daba su opinión de que este procedimiento no era correcto; mientras Nippers, retorciéndose en su silla con una nerviosidad dispéptica, trituraba entre sus dientes apretados, intermitentes maldiciones silbadas contra el idiota testarudo de detrás del biombo. En cuanto a él (Nippers), ésta era la primera y última vez que haría sin remuneración el trabajo de otro.
Mientras tanto, Bartleby seguía en su ermita, ajeno a todo lo que no fuera su propia tarea.
Pasaron algunos días, en los que el amanuense tuvo que hacer otro largo trabajo. Su conducta extraordinaria me hizo vigilarlo estrechamente. Observé que jamás iba a almorzar; en realidad, que jamás iba a ninguna parte. Jamás, que yo supiera, había estado ausente de la oficina. Era un centinela perpetuo en su rincón. Noté que a las once de la mañana, Ginger Nut solía avanzar hasta la apertura del biombo, como atraído por una señal silenciosa, invisible para mí. Luego salía de la oficina, haciendo sonar unas monedas, y reaparecía con un puñado de bizcochos de jengibre, que entregaba en la ermita, recibiendo dos de ellos como jornal.
Vive de bizcochos de jengibre, pensé; no toma nunca lo que se llama un almuerzo; debe ser vegetariano; pero no, pues no toma ni legumbres, no come más que bizcochos de jengibre. Medité sobre los probables efectos de un exclusivo régimen de bizcochos de jengibre. Se llaman así, porque el jengibre es uno de sus principales componentes, y su principal sabor. Ahora bien, ¿qué es el jengibre? Una cosa cálida y picante. ¿Era Bartleby cálido y picante? Nada de eso; el jengibre, entonces, no ejercía efecto alguno sobre Bartleby. Probablemente, él prefería que no lo ejerciera.
Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo resistido no es inhumano, y el individuo resistente es inofensivo en su pasividad, el primero, en sus mejores momentos, caritativamente procurará que su imaginación interprete lo que su entendimiento no puede resolver.
Así me aconteció con Bartleby y sus manejos. ¡Pobre hombre! Pensé yo, no lo hace por maldad; es evidente que no procede por insolencia; su aspecto es suficiente prueba de lo involuntario de sus rarezas. Me es útil. Puedo llevarme bien con él. Si lo despido, caerá con un patrón menos indulgente, será maltratado y tal vez llegará miserablemente a morirse de hambre. Sí, puedo adquirir a muy bajo precio la deleitosa sensación de amparar a Bartleby; puedo adaptarme a su extraña terquedad; ello me costará poquísimo o nada y, mientras, atesoraré en el fondo de mi alma lo que finalmente será un dulce bocado para mi conciencia. Pero no siempre consideré así las cosas. La pasividad de Bartleby solía exasperarme. Me sentía aguijoneado extrañamente a chocar con él en un nuevo encuentro, a despertar en él una colérica chispa correspondiente a la mía. Pero hubiera sido lo mismo tratar de encender fuego golpeando con los nudillos de mi mano en un pedazo de jabón Windsor.
(continuará)
(continuará)
jueves, 8 de diciembre de 2011
Vida, Muerte y Amores venenosos parte II
Lo que no recuerdo
– Publicada el 18 de septiembre de 2011-
Lo único que no me acuerdo es eso. Incluso puedo dar detalles sin importancia de todo lo que hice ese día. Su cara miraba vaya saber a dónde mientras me hablaba. Mi madre nunca tuvo mucho tacto, nunca disimulaba. Si se tiene una madre así uno puede soportar lo que sea.
-No te olvides la campera, hoy va a hacer frío. Cuidado por donde andás que están robando, lo vi en la tele. Esperá, no te vayas sin comer, dale comé algo.
-Se me hace tarde mamá, no tengo tiempo ¡Chau, chau, me voy!
Hacía ocho meses que buscaba trabajo, así que debía ser puntual. Yo ya había perdido las esperanzas, pero con esta entrevista al parecer la mala racha se cortaría.
-Cualquier cosa te llamamos, tenemos tus datos.- Lo mismo de siempre.
Me subo al colectivo después de esperarlo un buen rato. Mi humor no era el mejor. Trato de dormir, pero atrás mío hay un imbécil que no para de vociferar. Miro por la ventanilla, ¡Qué paisaje! La gente amuchada como ratas o piojos, criaturas despreciables. Como es la gente. No es un viaje emocionante, para nada. El tipo de atrás sigue hablando sobre unos videojuegos que le trajeron el fin de semana. Para colmo la ventanilla no cierra. Mamá tenía razón con lo de la campera, ¿por qué no le hice caso? Vi desde el colectivo ese lugar en el parque donde besé por única vez a Julia. A mi mamá no le gustaba ella y la chica se dio cuenta. Me dijo que éramos buenos amigos, que mejor sigamos siéndolo. Después de eso la vi cada vez menos, pero supe que estaba de novia con un idiota que conozco. ¡Qué desperdicio! Me molesta todavía un poco eso, pero nunca dije nada. Se subieron dos enfermeras, eran muy bonitas. El de atrás cuenta algo sobre un accidente, aunque no quiera escucharlo no lo puedo evitar.
-¿Pero qué es ese olor?- pensé en voz alta.
-¡Terrible!- El de atrás sigue contando.- Le quedó el zapato mirando para atrás. La culpa no fue del taxista, el tipo cruzó cuando le cambió el semáforo. Daba impresión verlo.
-No falta mucho para el hospital, ya bajamos.- Le recuerda el otro.
Cuando bajan veo que tiene el brazo lleno de pus que traspasa un sucio vendaje, ese era el olor. Mi viaje duraría al menos una hora más. Finalmente pude dormir un poco. En mis sueños estaban esos ojos grises, inexpresivos, ciegos y fijos. Una cara bonita con una palidez mortuoria. No se parecía, pero estoy seguro de que ese cadáver ante mí era Julia. Me despierto y me doy cuenta de que me pasé una parada. Juro que es todo lo que recuerdo. Algo pasó y entiendo que no me lo crean. No me acuerdo cuando ni como llegué a mi casa. Tampoco sé por qué mi madre estaba despedazada, ni la causa de mi ropa ensangrentada, ni cuándo vino la policía. No me acuerdo, la verdad es que no me puedo acordar. Señor Juez, hoy soñé con mi mamá, pero juro que soy inocente.
Víctor Fuentes fue hallado culpable de homicidio agravado por el vínculo y condenado a cadena perpetua. Los que lo conocen dicen que es un hombre pacífico, ocupado sólo de sus propios asuntos. Nunca confesó ningún crimen. Fue trasladado al penal de Batán, Provincia de Buenos Aires. El caso trascendió fronteras, conocido como "el hombre lobo argentino". En la Televisión ahora no se habla de otra cosa: encontraron desmembrados a mordidas a todos reclusos del pabellón ocho. De Fuentes no se sabe más nada.
Vida, Muerte y Amores venenosos parte I
Desangrando en mi ballena blanca
– Publicada el 4 de septiembre de 2011-
Desolación, desconcierto, confusión. Soy Ahab. Fue ella quien aplastó mi corazón y de esa forma perdí mi alma. Mientras trazo estas palabras en un papel, como un náufrago que escribe una nota de rescate, por mi mente pasa esa, mi gran obsesión.
Un amor que no fue, una vida que se desperdicia, un futuro que no existe ni existirá a menos que mi arpón esté saciado. Vida, muerte y amor. Amor por la vida, deseo por la muerte, nada importa ni nadie más. Toda historia necesita un final.
Soy Ahab, conduzco mi propio barco, mi propia ruina. A veces soy consciente de mi tormento y aunque sé que es muy fácil liberarme, prefiero morir de esta manera. Cosas que podrían ser y no son-y al parecer no serán-. Pero son mis sueños y no este mundo tangible los que permiten que exista.
Amor que se convierte en odio, el odio que genera esta violencia y entonces la muerte es sólo un descanso. Yo no pretendo esconderme detrás de estas palabras escritas. Cuando no la veo la recuerdo. Y cuando no la recuerdo, simplemente emerge sin causa alguna, sin que la espere. Parece que voy a estar satisfecho, siempre es así. Una vez más, una vez más, otro intento, otro nuevo coqueteo con la muerte, otra vez algo que me da una razón para vivir de nuevo. Ante mí, las luces de San Telmo me dicen que hacer y cómo, son mi señal. Te busco.
Dolor, pérdida de sentido, lucha contra lo imposible, reacción, más dolor, frustración. Todo a mi alrededor, muerte. Me ahogo, mis venas como cabos tensos están por explotar. Nadie va a salvarme, tampoco aceptaría ninguna ayuda. ¿Qué sentido tendría? Soy Ahab.
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