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Próximamente opiniones más o menos contundentes desde una visión bastante particular.
 
sábado, 7 de julio de 2012

Micromegas - Voltaire

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MICROMEGAS
VOLTAIRE




ADVERTENCIA
Esta novela puede considerarse como una imitación de Gulliver y hay en ella
varias alusiones. E1 enano de Saturno es M. de Fontenelle de quien habló mal
Voltaire, como de casi todos los grandes escritores de su tiempo, nacionales y
extranjeros


Una historia Filosófica


CAPÍTULO I


VIAJE DE UN MORADOR DEL MUNDO DE LA ESTRELLA SIRIO AL PLANETA SATURNO





Había en uno de los planetas que giran en torno de la estrella lla­mada Sirio, un mozo de mucho ta­lento, a quien tuve la honra de conocer en el postrer viaje que hizo a nuestro mezquino hormiguero. Era su nombre Micromegas, nombre que cae perfectamente a todo ser gran­de. Tenía ocho leguas de alto, quie­ro decir veinticuatro mil pasos geo­métricos de cinco pies de rey.
Algún algebrista, casta de gente muy útil al público, tomará a este paso de mi historia la pluma y calculará que teniendo el señor Micromegas, morador del país de Sirio, desde la planta de los pies al colodrillo veinticuatro mil pasos, que hacen ciento veinte mil pies de rey, y nosotros ciudadanos de la tierra no pasando por lo común de cinco pies, y teniendo nuestro globo nueve mil leguas de circunferencia, es absolutamente indispensable que el planeta donde nació nuestro héroe tenga cabalmente veintiún millones y seiscientas mil veces más de circunferencia que nuestra tierra. Pues no hay cosa más común ni más natural; y los Estados de ciertos principillos de Alemania o de Italia, que pueden andarse en media hora, comparados con la Turquía, la Rusia, o la China, son una imagen, todavía muy distante de las prodigiosas diferencias que ha establecido la naturaleza entre los seres.

Es la estatura de su excelencia la que llevamos dicha, de donde colegirán todos nuestros pintores y escultores, que su cuerpo podía tener unos cincuenta mil pies de rey de circunferencia, porque es muy bien proporcionado. Su entendimiento es de los más perspicaces que se puedan ver; sabe una multitud de cosas, y algunas ha inventado: apenas rayaba en los doscientos cincuenta años, cuando siendo estudiante en el colegio de jesuítas de su planeta, como se estila allí, adivinó por la fuerza de su inteligencia más de cincuenta proposiciones de Euclides, que son dieciocho más que hizo Blas Pascal, el cual habiendo adivinado, según dice su hermana, treinta y dos jugando, llegó a ser, andando los años, harto mediano geómetra y malísimo metafísico1. De edad de cuatrocientos cincuenta años, que no hacía más que salir de la niñez, disecó unos insectos muy chicos que no llegaban a cien pies de diámetro, y se escondían a los microscopios ordinarios, y compuso acerca de ellos un libro muy curioso, pero que le trajo no pocos disgustos. El muftí de su país, no menos cosquilloso que ignorante, encontró en su libro proposiciones sospechosas, mal sonantes, temerarias, heréticas, o que olían a herejía, y le persiguió de muerte; tratábase de saber si la forma sustancial de las pulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles. Defendióse con mucha sal Micromegas: se declararon las mujeres en su favor, aunque al cabo de doscientos veinte años que había durado el pleito, hizo el rnuftí condenar el libro por calificadores que ni le habían leído, ni sabían leer, y fue desterrado de la corte el autor por tiempo de ochocientos años. 
No le afligió mucho el salir de una corte llena de enredos y chismes. Compuso unas décimas muy graciosas contra el muftí, que a éste no le importaron un bledo, y se dedicó a viajar de planeta en planeta, para acabar de perfeccionar su razón y su corazón, como dicen. Los que están acostumbrados a caminar en coche de colleras, o en silla de posta, se pasmarían de los carruajes de allá arriba porque nosotros, en nuestra pelota de cieno no entendemos de otros estilos que los nuestros. Sabía completamente las leyes de la gravitación y de las fuerzas atractivas y repulsivas nuestro caminante, y se valía de ellas con tanto acierto que, ora mentado en un rayo del sol, ora cabalgando en un cometa andaban de globo en globo él y sus sirvientes, lo mismo que revolotea un pajarillo de rama en rama. En poco tiempo hubo corrido la vía láctea; y siento tener que confesar que nunca pudo columbrar, por entre las estrellas de que está sembrada, aquel hermosísimo cielo empíreo que con su anteojo de larga vista descubrió el ilustre Derham, teniente cura." No digo yo por eso que no lo haya visto muy bien el señor Derham; Dios me libre de cometer tamaño yerro; mas al cabo Micromegas se hallaba en el país, era un excelente observador, y yo no quiero contradecir a nadie.
Después de muchos viajes llegó un día Micromegas al globo de Saturno, y si bien estaba acostum brado a ver cosas nuevas, todavía le paró confuso la pequeñez de aquel planeta y de sus moradores, y no pudo menos de soltar aquella sonrisa de superioridad que los más cuerdos no pueden contener a veces. Verdad es que no es Saturno más grande que novecientas veces la tierra, y los habitadores del país son enanos de unas dos mil varas, con corta diferencia de estatura. Rióse al principio de ellos con sus criados, como hace un músico italiano de la música de Lulli, cuando viene a Francia; mas era el sirio hombre de razón, y presto reconocióque podía muy bien un ser que piensa no tener nada de ridículo, aunque no pasara de seis mil pies su estatura. Acostumbróse a los saturninos, después de haberlos pasmado, y se hizo íntimo amigo del secretario de la Academia de Saturno, hombre de mucho talento, que a la verdad nada había inventado, pero que daba muy lindamente cuenta de las invenciones de los demás, y que hacía regularmente coplas chicas y cálculos grandes. Pendré aquí, para satisfacción de mis lectores, una conversación muy extraña que con el señor secretario tuvo un día Micromegas.



CAPÍTULO II

CONVERSACIÓN DEL MORADOR DE SIRIO CON EL  DE SATURNO





Acostóse su excelencia, acercóse a su rostro el secretario, y dijo Micromegas:
Confesemos que es muy varia la naturaleza.
Verdad es dijo el saturnino; es la naturaleza como un jardín, cuyas flores...
—¡Ah! dijo el otro. Dejáos de jardinerías.
Pues es siguió el secretario como una reunión de rubias y pelinegras, cuyos atavíos...
—¿Qué me importan vuestras pelinegras? interrumpió el otro.
O bien como una galería de cuadros, cuyas imágenes...
No, señor, no replicó el caminante; la naturaleza es como la naturaleza. ¿A qué diablos andáis buscando esas comparaciones?
Para recrearos respondió el secretario.
No quiero que me recreen; lo que, quiero es que me instruyan repuso el caminante. Decidme lo primero cuántos sentidos tienen los hombres de vuestro globo. Nada más que setenta y dos -dijo el académico, y todos los días nos lamentamos de tanta escasez; que nuestra imaginación se deja atrás nuestras necesidades, y nos parece que con nuestros setenta y dos sentidos, nuestro ánulo y nuestras cinco lunas, no tenemos lo suficiente; y es cierto que, no obstante nuestra mucha curiosidad y las pasiones que de nuestros setenta y dos sentidos son hitas, nos sobra tiempo para aburrirnos.Bien lo creo dijo Micromegas, porque en nuestro globo tenemos cerca de mil sentidos y todavía nos quedan no sé qué vagos deseos, no sé qué inquietud que sin cesar nos avisa que somos chica cosa, y que hay otros seres mucho más perfectos. He hecho algunos viajes, y he visto otros mortales muy inferiores a nosotros, y otros que nos son muy superiores; mas ninguno he visto que no tenga más deseos que verdaderas necesidades y más necesidades que satisfacciones. Acaso llegaré un día a un país donde nada haga falta; pero, hasta ahora, no he podido saber de tal país.
Echáronse entonces a formar conjeturas el saturnino y el sirio; pero, después de muchos raciocinios no menos ingeniosos que inciertos, fue forzoso volver a sentar hechos.
—¿Cuánto tiempo vivís? dijo el sirio.
—¡Ah, muy poco! replicó el hombrecillo de Saturno.
Lo mismo sucede en nuestro país dijo el sirio. Menester es que sea ésta ley universal de la naturaleza; siempre nos estamos quejando de la cortedad de la vida.
—¡Ay! Nuestra vida dijo el saturnino se ciñe a quinientas revoluciones solares (que vienen a ser quince mil años, o cerca de ellas contando como nosotros). Ya veis que eso es morirse casi así que uno nace: es nuestra existencia un punto, nuestra vida un momento, nuestro globo un átomo, y apenas empieza uno a instruirse algo, cuando lo arrebata la muerte, antes de adquirir experiencia. Yo por mí no me atrevo a formar proyecto ninguno, y me encuentro como la gota de agua en el inmenso océano, y lo que más sonrojo me causa en vuestra presencia, es contemplar cuán ridícula figura hago en este mundo.
Replicóle Micromegas:
Si no fuerais filósofo tendría recelo de desconsolaros diciéndoos que es nuestra vida setecientas veces más dilatada que la vuestra; pero bien sabéis que cuando uno ha de restituir su cuerpo a los elementos y reanimar bajo distinta forma la naturaleza (que es lo que llaman morir), cuando es llegado, digo, este momento de metamorfosis, poco importa haber vivido una eternidad o un día sólo, que uno v otro es lo mismo. Yo he estado en países donde viven las gentes mil veces más que en el mío, y he visto que todavía se quejaban; pero en todas partes se encuentran sujetos de razón, que saben resignarse y dar gracias al Autor de la naturaleza, el cual, con una especie de maravillosa uniformidad, ha esparcido en el universo las variedades con una profusión infinita. Así, por ejemplo, todos los seres que piensan son diferentes, y todos se parecen en el don de pensar y desear. En todas partes es la materia extensa, pero en cada globo tiene propiedades distintas. ¿Cuántas de estas propiedades tiene vuestra materia?
Si habláis de las propiedades sin las cuales creemos que no pudiera subsistir nuestro globo como él es dijo el saturnino, pasan de trescientas; conviene, a saber: la extensión, la impenetrabilidad, la movilidad, la gravitación, la divisibilidad, etcétera.

Sin duda replicó el caminante que basta ese corto número para el plan del Creador en vuestra estrecha habitación, y en todas cosas adoro su sabiduría, porque si en todas veo diferencias, también contemplo en todas proporciones. Vuestro globo es chico, y también lo son sus moradores; tenéis pocas sensaciones, y goza vuestra materia de pocas propiedades: todo eso es disposición de la Providencia. ¿De qué color es vuestro sol bien examinado?

Blanco muy ceniciento dijo el saturnino, y si dividimos uno de sus rayos, hallamos que tiene siete colores.

El nuestro tira a encarnado dijo el sirio, y tenemos treinta y nueve colores primitivos. En todos .cuantos he examinado no he hallado un sol que se parezca a otro, como no se ve en nuestro planeta una cara que no se diferencie de todas las demás. Después de otras muchas cuestiones análogas, se informó de cuántas sustancias distintas se conocían en Saturno, y le fue respondido que había hasta unas treinta: Dios, el espacio, la materia, los seres extensos que sienten, los seres extensos que sienten y piensan, los seres que piensan y no son extensos, los que se penetran y los que no se penetran, etc.

El sirio, en cuyo planeta hay trescientas y que había en sus viajes descubierto hasta tres mil, dejó extraordinariamente asombrado al filósofo de Saturno.
Finalmente, habiéndose comunicado uno a otro casi todo cuanto sabían y muchas cosas que no sabían, y habiendo discurrido por espacio de toda una revolución solar, se determinaron a hacer juntos un corto viaje filosófico

CAPÍTULO III

VIAJE DE LOS DOS HABITANTES 
DE SIRIO Y SATURNO


Ya estaban para embarcarse nuestrosdos caminantes en la atmósfera de Saturno con muy decente provisión de instrumentos de matemáticas, cuando la dama del saturnino, que lo supo, le vino a dar amargas quejas. Era ésta una morenita bastante agraciada, que no tenía más de mil quinientas varas de estatura, pero que con sus gracias reparaba lo pequeño de su cuerpo.

—¡Ah, cruel! exclamó. Después que te he resistido mil quinientos años, cuando apenas me había rendido, no habiendo pasado arriba de cien años en tus brazos, ¡me abandonas por irte a viajar con un gigante del otro mundo! Anda, que no eres más que un curioso y nunca has estado enamorado; que si fueras saturnino legítimo, más constante serías. ¿Adónde vas? ¿Qué quieres? Menos errantes son que tú nuestras cinco lunas, y menos mudable nuestro ánulo. Esto se acabó; nunca más he de querer.

Abrazóla el filósofo, entristecido lloró con ella, aunque filósofo; y la dama después de haberse desmayado se fue a consolar con un petrimetre.Partiéronse nuestros dos curiosos y saltaron primero al ánulo, que encontraron muy aplastado, como lo ha adivinado un ilustre habitante de nuestro glóbulo, y desde allí anduvieron de luna en luna. Pasó un cometa por junto a la última, y se tiraron a él con sus sirvientes y sus instrumentos. Apenas hubieron andado ciento cincuenta millones de leguas, se toparon con los satélites de Júpiter. Apeáronse en este planeta, donde se detuvieron un año, y aprendieron secretos muy curiosos, que se habrían dado a la imprenta si no hubiese sido por los señores inquisidores que han encontrado proposiciones algo duras de tragar; pero yo logré leer el manuscrito en la biblioteca del ilustrísimo señor arzobispo de... que me permitió registrar sus libros, con toda la generosidad y bondad que a tan ilustre prelado caracterizan. 

V olvamos, empero, a nuestros caminantes. Al salir de Júpiter atravesaron un espacio de cerca de cien millones de leguas, y costearon el planeta Marte, el cual, como todos saben, es cinco veces más pequeño que nuestro glóbulo, y vieron dos lunas que sirven a este planeta y no han podido descubrir nuestros astrónomos. Bien sé que el abate Castel escribirá con mucho donaire contra la existencia de dichas lunas, mas yo apelo a los que discurren por analogía: todos excelentes filósofos que saben muy bien que no le sería posible a Marte vivir sin dos lunas a lo menos, estando tan distante del Sol. Sea como fuere, a nuestros caminantes les pareció cosa tan chica que se temieron no hallar posada cómoda, y pasaron adelante como hacen dos caminantes cuando topan con una mala venta en despoblado, y siguen hasta el pueblo inmediato. Pero luego se arrepintieron el sirio y su compañero, que anduvieron un largo espacio sin hallar albergue. Al cabo columbraron una lucecilla, que era la Tierra, y que pareció muy mezquina cosa a gentes que venían de Júpiter. No obstante, recelando arrepentirse otra vez, se determinaron a desembarcar en ella. Pasaron a la cola del cometa, y hallando una aurora boreal a mano, se metieron dentro y aportaron en tierra a la orilla septentrional del mar Báltico, a cinco de julio de mil setecientos treinta y siete.


CAPÍTULO IV

DONDE SE CUENTA  LO QUE SUCEDIÓ 
EN EL GLOBO DE LA TIERRA 

Habiendo descansado un poco, se almorzaron dos montañas que les guisaron sus criados con mucho aseo. Quisieron luego reconocer el mezquino país donde se hallaban, y se dirigieron de Norte a Sur. Cada paso ordinario del sirio y su familia era de unos treinta mil pies de rey; seguíale de lejos el enano de Saturno, que perdía el aliento, porque tenía que dar doce pasos mientras alargaba el otro la pierna, casi como un perrillo faldero que sigue, si se me permite la comparación, a un capitán de guardias del rey de Prusia.

       Como andaban de prisa estos extranjeros, dieron la vuelta al globo en treinta y seis horas; verdad es que el sol, o por mejor decir la tierra, hace el mismo viaje en un día; pero hemos de reparar que es cosa más fácil girar sobre su eje que andar a pie. Volvieron al cabo al sitio donde estaban primero, habiendo visto la balsa, casi imperceptible para ellos, que llaman el Mediterráneo y el otro estanque chico que con nombre de grande Océano rodea nuestra madriguera; al enano le daba el agua a media pierna, y apenas si se había moiado el otro los talones. Fueron y vinieron arriba y abajo, haciendo cuanto podían por averiguar si estaba o no habitado este globo; bajáronse, acostáronse, tentaron por todas partes, pero eran tan desproporcionados sus ojos y manos con los mezquinos seres que andan arrastrando acá abajo, que no tuvieron la más leve sensación por donde pudiesen caer en sospecha de que existimos nosotros y nuestros hermanos los demás moradores de este globo. 
El enano, que algunas veces fallaba con alguna precipitación, decidió luego que no había vivientes en la Tierra, y su razón primera fue que no había visto ninguno. Micromegas le dio a entender, con mucha urbanidad, que no era fundada la consecuencia.

Porque le dijo con vuestros ojos tan chicos no veis ciertas estrellas de quincuagésima magnitud, que distingo yo con mucha claridad, ¿colegís por eso que no haya tales estrellas?

Si lo he tentado todo en este globo replicó el enano. Si es tan irregular, y de una configuración que parece tan ridícula, que todo él se me figura un caos. ¿No veis esos arroyuelos, que ninguno corre derecho; esos estanques que ni son redondos, ni cuadrados, ni ovalados, ni de figura regular ninguna; todos esos granillos puntiagudos de que está erizado, y que me han entrado en los pies? (Se refería a las montañas.) ¿No notáis la forma de todo el globo, aplastado por los polos, y girando en torno del Sol con tan desconcertada dirección, que por necesidad los climas de ambos polos han de estar incultos? Lo que me fuerza a creer de veras que no hay vivientes en él es que ninguno que tuviese razón querría habitarle.

—¿Qué importa? dijo Micromegas. Acaso no tienen sentido común los habitantes, pero al cabo no es de presumir que se haya hecho esto sin algún fin. Decís que aquí todo os parece irregular, porque está todo tirado a cordel en Júpiter y Saturno. Pues por esa misma razón acaso hay aquí algo de confusión. ¿No os he dicho ya que siempre había notado variedad en mis viajes?

Replicó el saturnino a estas razones, y no se hubiera concluido la disputa, si en el calor de ella no hubiese roto Micromegas el hilo de su collar de diamantes y caídose éstos, que eran unos brillantes muy lindos, aunque pequeñitos y desiguales, que los más gruesos pesaban cuatrocientas libras y cincuenta los más menudos.
Cogió el enano algunos y, arrimándoselos a los ojos, vio que del modo que estaban abrillantados eran microscopios excelentes; cogió, pues, un microscopio chico de ciento sesenta pies de diámetro y se lo aplicó a un ojo, mientras que se servía Micromegas de otro de dos mil quinientos pies. Al principio no vieron nada con ellos, aunque eran excelentes; fue preciso ponerse en la posición que se requería. Al cabo vio el morador de Saturno una cosa imperceptible que se meneaba entre dos aguas en el mar Báltico, y era una ballena; púsola bonitamente encima del dedo, y colocándola en la uña del pulgar se la enseñó al sirio, que por la segunda vez se echó a reír de la enorme pequeñez de los moradores de nuestro globo. Convencido el saturnino de que estaba habitado nuestro mundo, se imaginó luego que sólo por ballenas lo estaba; y como era gran discurridos quiso adivinar de dónde venía el movimiento a un átomo tan ruin, y si tenía ideas, voluntad y libre albedrío.
Micromegas no sabía qué pensar; mas habiendo examinado con mucha paciencia el animal, sacó de su examen que no podía residir un alma en cuerpo tan chico. Inclinábanse, pues, nuestros dos caminantes a creer que no hay razón en esta habitación, cuando, con el auxilio del microscopio, distinguieron otro bulto más grueso que una ballena, que en el mar Báltico andaba fluctuando. Ya sabemos que hacia aquella época volvía del círculo polar una bandada de filósofos que habían ido a hacer observaciones en que nadie hasta entonces había pensado. Trajeron la noticia los periódicos, que había zozobrado su embarcación en las costas de Botnia, y que les había costado mucho trabajo el salir a salvamento; pero nunca se sabe en este mundo lo que hay por detrás de cuerda. Yo voy a contar con ingenuidad el suceso, sin quitar ni añadir nada; esfuerzo que de parte de un historiador es sobremanera meritorio.







CAPÍTULO V

EXPERIENCIAS Y RACIOCINIOS 
DE AMBOS CAMINANTES 




Tendió Micromegas con mucho tiento la mano al sitio donde se veía el objeto, y alargando y encogiendo los dedos de miedo de equivocarse, y abriéndolos luego y cerrándolos, agarró con mucha maña el navío donde iban estos señores, y se lo puso sobre la uña, sin apretarlo mucho, por no estrujarlo.

Hete aquí un animal muy distinto del otro dijo el enano de Saturno, y el sirio puso el pretenso animal en la palma de la mano.

Los pasajeros y marineros de la tripulación, que se creen arrebatados por un huracán, y que piensan haber varado en un bajío, están todos en movimiento; cogen los marineros toneles de vino, los tiran a la mano de Micromegas, y ellos se tiran después; agarran los geómetras de sus cuartos de círculos sus sectores y sus muchachas Japonas, y se apean en los dedos del sirio; por fin, tanto se afanaron, que sintió que se meneaba una cosa que le escarabajeaba en los dedos, y era un garrote con un hierro en la punta que le clavaban hasta un pie en el dedo índice: esta picazón le hizo creer que había salido algo del cuerpo del animalejo que en la mano tenía; mas no pudo sospechar al principio otra cosa, pues su microscopio, que apenas bastaba para distinguir un navío de una ballena, no podía hacer visible un entecillo tan imperceptible como un hombre.
No quiero zaherir aquí la vanidad de ninguno; pero ruego a la gente vanagloriosa que pare la consideración en este lugar, y contemple que suponiendo la estatura ordinaria de un hombre de cinco pies de rey, no hacemos más bulto en la tierra que el que en una bola de diez pies de circunferencia hiciera un animal que tuviese un seiscientos mil avos de pulgada de alto. Figurémonos una sustancia que pudiera llevar el globo terráqueo en la mano, y que tuviese órganos análogos a los nuestros es cosa muy factible que haya muchas de estas sustancias y colijamos qué es lo que de las funciones de guerra, en que hemos ganado dos o tres lugarejos, que luego ha sido fuerza restituir, pensarían.
No me queda duda de que si algún capitán de granaderos leyera esta obra, hiciera a su tropa que se ponga gorras dos pies más altas; pero le advierto que, por más que haga, siempre serán él y sus soldados unos seres muy pequeños.
 ¡Qué maravillosa maña hubo de necesitar nuestro filósofo de Sirio para atinar a columbrar los átomosde que acabo de hablar! Cuando Leuwenhoek y Hartsoeker, vieron o creyeron que veían, por la vez primera, la simiente de donde surgimos, no fue, ni con mucho, tan asombroso su descubrimiento. ¡Qué gusto el de Micromegas cuando vio estas maquinillas menearse, cuando examinó sus movimientos todos y siguió todas sus operaciones! ¡Cómo clamaba! ¡Con qué júbilo alargó a su compañero de viaje uno de sus microscopios!
Viéndolos estoy decían ambos juntos. Contemplad cómo se cargan, cómo se bajan y se alzan.
Así decían, y les temblaban las manos de gozo de ver objetos tan nuevos, y de temor de perderlos de vista. Pasando el saturnino de un extremo de confianza al opuesto de credulidad, se figuró que los estaba viendo ocupados en la propagación.
—¡Ah! dijo el saturnino. "Cogida tengo la naturaleza con las manos en la masa".
Engañábanle, empero, las apariencias, y así sucede muy frecuentemente, se usen o no microscopios.

CAPÍTULO VI


DE LO QUE LES ACONTECIÓ
 CON UNOS HOMBRES




Muy mejor observador Micromegas que su enano, vio claramente que se hablaban los átomos, y se lo hizo notar a su compañero, el cual, con la vergüenza de haberse engañado acerca del artículo de la generación, no quiso creer que semejante especie de bichos se pudieran comunicar ideas. Tenía el don de lenguas no menos que el sirio, y no oyendo hablar a nuestros átomos, suponía que no hablaban; y luego, ¿cómo habían de tener los órganos de la voz unos entes tan imperceptibles, ni qué se habían de decir? Para hablar es indispensable pensar, y si pensaban, tenían algo que equivalía al alma; y atribuir una cosa equivalente al alma a especie tan ruin, se le hacía mucho disparate. Díjole el sirio:

—¿Pues no creíais, poco hace, que se estaban enamorando? ¿Pensáis que enamora nadie sin pensar y sin hablar palabra, a lo menos sin darse a entender? ¿O suponéis que es cosa más fácil hacer un chiquillo que un silogismo? A mí uno y otro me parecen impenetrables misterios.
No me atrevo ya dijo el enano a creer ni a negar cosa ninguna; procuremos examinar estos insectos y discurriremos luego.
—¡Que me place! respondió Micromegas.
 Y sacando unas tijeras se cortó las uñas, y con lo que cortó de la uña de su dedo pulgar, hizo al punto una especie de bocina grande, como un embudo inmenso, y puso el cañón al oído: la circunferencia del embudo cogía el navío y toda su tripulación, y la más débil voz se introducía en las fibras circulares de la uña; de suerte que, merced a su industria, el filósofo de allá arriba oyó perfectamente el zumbido de nuestros insectos de acá abajo, y en pocas horas logró distinguir las palabras y entender al cabo el francés.
Lo mismo hizo el enano, aunque no con tanta facilidad.
Crecía por puntos el asombro de los dos viajeros al oír unos oradores hablar con bastante razón, y les parecía inexplicable este juego de la naturaleza. Bien se discurre que se morían, el enano y el sirio, de deseos de entablar conversación con los átomos; mas se temía el enano que su tonante voz, y más aún la de Micromegas, atronara a los oradores sin que la oyesen. Trataron, pues, de disminuir su fuerza, y para ello se pusieron en la boca unos mondadientes muy menudos, cuya punta muy afilada iba a parar junto al navío. Puso el sirio al enano sobre sus rodillas, y encima de una uña el navío con la tripulación; bajó la cabeza y habló muy quedo, y después de todas estas precauciones y otras muchas más, dijo lo siguiente:
Invisibles insectos que la diestra del Creador se plugo en producir en el abismo de lo infinitamente pequeño, yo lo bendigo porque se dignó manifestarme impenetrables secretos. Acaso nadie se dignará de miraros en mi corte; pero yo a nadie desprecio, y os brindo con mi protección.
Si ha habido asombros en el mundo, ninguno ha llegado al de los que estas razones oyeron decir sin poder atinar de dónde salían. Rezó el capellán las preces de conjuros, votaron y renegaron los marineros, y fraguaron un sistema los filósofos del navio; pero por más sistemas que imaginaron, no les fue posible atinar quién era el que les hablaba. Entonces les contó en breves palabras el enario de Saturno, que tenía menos recia la voz que Micromegas, con qué gente estaban hablando y su viaje de Saturno; les informó de quién era el señor Micromegas, y habiéndose compadecido de que fueran tan chicos, les preguntó si habían vivido siempre en un estado tan rayano de la nada, y qué era lo que hacían en un globo que al parecer era peculio de ballenas; si eran dichosos, si tenían alma, si multiplicaban y otras mil preguntas de este jaez.
Enojado de que dudasen si tenía alma, un raciocinador de la banda, más osado que los demás, observó al interlocutor con unas pínulas adaptadas a un cuarto de círculo, midió dos triángulos y al tercero le dijo así:
—¿Conque creéis, señor caballero, que porque tenéis dos mil varas de pies a cabeza sois algún?.. .
—¡Dos mil varas! exclamó el enano. Pues no se equivoca ni en una pulgada. ¡Conque me ha medido este átomo! ¡Conque es geómetra y sabe mi tamaño, y yo que no lo puedo ver sin auxilio de un microscopio no sé aún el suyo!
Sí que os he medido dijo el físico, y también mediré al gigante compañero vuestro.
Admitióse la propuesta, y se acostó su excelencia por el suelo, porque estando en pie su cabeza era muy más alta que las nubes, y nuestros filósofos le plantaron un árbol muy grande en cierto sitio que el Dr. Swift hubiera designado por su nombre, pero que yo no me atrevo a mentar por el mucho respeto que tengo a las damas; y luego, por una serie de triángulos, conexos unos con otros, coligieron que la persona que medían era un mancebito de ciento veinte mil pies de rey.
Prorrumpió entonces Micromegas en estas razones:
Ya veo que nunca se han de juzgar las cosas por su aparente magnitud. ¡Oh, Dios! que diste la inteligencia a unas sustancias que despreciables parecen, lo infinitamente pequeño no cuesta más a tu omnipotencia que lo infinitamente grande; y si es dable que haya otros seres más chicos que éstos, acaso tendrán una inteligencia superior a la de aquellos inmensos animales que he visto en el cielo, y que con un pie cubrirían el globo entero donde ahora me encuentro.
Respondióle uno de los filósofos que bien podía creer, sin que le quedase duda, que había seres inteligentes mucho más chicos que el hombre, y le contó, no las fábulas que nos ha dejado Virgilio sobre las abejas, sino lo que Swammerdam ha descubierto, y lo que ha disecado Réaumur. Instruyóle luego de que hay animales que son, con respecto a las abejas, lo que son las abejas con respecto al hombre y lo que era el sirio propio con respecto a aquellos animales tan corpulentos de que hablaba, y lo que son estos grandes animales con respecto a otras sustancias ante las cuales parecen imperceptibles átomos.
Poco a poco fue haciéndose interesante la conversación, y dijo así Micromegas:

CAPÍTULO VII

CONVERSACIÓN CON LOS HOMBRES


—¡Oh, átomos inteligentes, en quien se plugo el eterno Ser en manifestar su arte y su potencia! Sin duda que en vuestro globo disfrutáis contentos purísimos; pues teniendo tan poca materia y pareciendo todo espíritu, debéis emplear vuestra vida en amar y pensar, que es la verdadera vida de los espíritus. En parte ninguna he visto la verdadera felicidad, mas estoy cierto de que ésta es su mansión.
Encogiéronse de hombros al oír este razonamiento los filósofos todos, y más ingenuo uno de ellos confesó sinceramente que, exceptuando un cortísimo número de moradores poquísimo apreciados, todo lo demás es una cáfila de locos, de
perversos y desdichados.
Más materia tenemos dijo de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la materia, y más inteligencia si proviene de la inteligencia. ¿Sabéis, por ejemplo, que a la hora ésta cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombreros, están matando a otros cien mil animales cubiertos de un turbante, o muriendo a sus manos, y que así es estilo en toda la tierra, de tiempo inmemorial acá?
Horrorizóse el sirio, y preguntó el motivo de tan horribles contiendas entre animalejos tan ruines.
Trátase dijo el filósofo de unos pedacillos de tierra tamaños como vuestro pie, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierden la vida solicite un terrón siquiera de dicho pedazo, que se trata de saber si ha de pertenecer a cierto hombre que llaman Sultán, o a otro que apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto ni verá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio, ni menos casi ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan han visto tampoco al animal por quién asesinan.
—¡Desventurado! exolamó indignado el sirio. ¿Cómo es posible imaginar tan furioso frenesí? Arranques me vienen de dar tres pasos, y con tres patadas estrujar todo ese hormiguero de ridículos asesinos.
No os toméis ese trabajo le respondieron, que sobrado se afanan ellos en labrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida el diezmo de estos miserables, y que, aun sin sacar la espada, casi todos se los lleva el hambre, la fatiga o la destemplanza, aparte de que no son ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados que metidos en su gabinete mandan, mientras digieren la comida, degollar un millón de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias a Dios.
Sentíase el caminante movido a piedad del mezquino linaje humano en el cual tantas contradicciones descubría.
Siendo vosotros dijo a estos señores del corto número de sabios que sin duda a nadie matan por dinero, os ruego me digáis cuáles son vuestras ocupaciones.
Disecamos moscas respondió el filósofo, medimos líneas, combinamos números, estamos conformes acerca de dos o tres puntos que entendemos y divididos sobre dos o tres mil que no entendemos.
Ocurrióles al sirio y al saturnino hacer preguntas a los átomos pensadores, para saber sobre qué estaban acordes.
—¿Qué distancia hay dijo éste desde la estrella de la Canículahasta la grande de Géminis?
Respondiéronle todos juntos:
Treinta y dos grados y medio.
—¿Cuánto dista de aquí la Luna?
Sesenta semidiámetros de la Tierra.
—¿Cuánto pesa vuestro aire?
Creía haberlos cogido; pero todos le dijeron que pesaba novecientas veces menos que el mismo volumen del agua más ligera, y diecinueve mil veces menos que el oro.
Atónito el enanillo de Saturno con sus respuestas, estaba tentado a creer que eran mágicos aquellos mismos a quienes un cuarto de hora antes les había negado la inteligencia.
Díjoles finalmente Micromegas:
Una vez que tan puntualmente sabéis lo que hay fuera de vosotros, sin duda que mejor sabréis lo que hay dentro: decidme, pues, qué cosa es vuestra alma, y cómo se forman vuestras ideas.
Los filósofos hablaron todos a la par, como antes, pero todos fueron de distinto parecer. Citó el más anciano a Aristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes, éste el de Malebranche, aquél el de Liebniz, y el de Locke otro. El anciano peripatético dijo con toda confianza:
El alma es una entelequia, una razón en virtud de la cual tiene la potencia de ser lo que es; así lo dice expresamente Aristóteles (pág. 633 de la edición del Louvre): Entelexéia esti, etc.
No entiendo el griego dijo el gigante.
Ni yo tampoco respondió el orador filosófico.
—¿Pues a qué citáis replicó el sirio a ese Aristóteles en griego?
Porque lo que uno no entiende repuso el sabio lo ha de citar en lengua que no sabe. Tomó el hilo el cartesiano, y dijo:
Es el alma un espíritu puro que en el vientre de su madre ha recibido todas las ideas metafísicas, y que así que sale de él se ve precisado a ir a la escuela y aprender de nuevo lo que tan bien sabía y que nunca volverá a saber.
Pues estás medrado respondió el animal de ocho leguas con que supiera tanto tu alma cuando estabas en el vientre de tu madre, si había de ser tan ignorante cuando fueras tú hombre con barba.
—¿Y qué entiendes por espíritu?
—¿Qué es lo que me preguntáis? dijo el discurridor; no tengo idea ninguna de él: dicen que lo que no es materia.
—¿Y sabéis lo que es materia?
Eso sí respondió el hombre. Esa piedra, por ejemplo, es parda, y de tal figura, tiene tres dimensiones, y es grave y divisible.
Así es dijo el siró; pero esa cosa que te parece divisible, grave y parda, ¿me dirás qué es? Algunos atributos ves, pero el sostén de estos atributos ¿le conoces?
No dijo el otro.
Luego no sabes qué cosa sea la materia.
Dirigiéndose entonces el señor Micromegas a otro sabio que encima de su dedo pulgar tenía, le preguntó qué era su alma, y qué hacía.
Cosa ninguna respondió el filósofo malebranchista; Dios es quien lo hace todo por mí; en Él lo veo todo, en Él lo hago todo, y Él es quien todo lo hace sin cooperación mía.
Tanto monta no existir replicó el filósofo de Sirio.
Y tú, amigo le dijo a un leibniziano que allí estaba, ¿qué dices?, ¿qué es tu alma?
Una aguja de reloj dijo el leibniziano, que señala las horas mientras las toca mi cuerpo; o bien, si os parece, el alma las toca mientras el cuerpo las señala, o mi alma es el espejo del universo y mi cuerpo el marco del espejo: todo esto es claro.
Yo no sé cómo pienso, lo que sé es que nunca he pensado como no sea por medio de mis sentidos. Que haya sustancias inmateriales e inteligentes, no pongo duda; pero que no pueda Dios comunicar la inteligencia a la materia, eso lo dudo mucho. Respecto el Eterno Poder, y sé que no me compite limitarle; no afirmo nada, y me ciño a creer que hay muchas más cosas posibles de lo que se piensa.
Sonrióse el animal de Sirio, y le pareció que no era éste el menos cuerdo; y si no hubiera sido por la mucha desproporción, hubiera dado un abrazo el enano de Saturno al sectario de Locke. Por desgracia, se encontraba en la banda un animalucho con un bonete en la cabeza, que cortando el hilo a todos los filósofos, dijo que él sabía el secreto, que se hallaba en la Suma de Santo Tomás; y mirando de pies a cabeza a los dos moradores celestes, les sustentó que sus personas, sus mundos, sus soles y sus estrellas, todo había sido criado para el hombre.
Al oír tal sandez, nuestros dos caminantes hubieron de caerse uno sobre otro, pereciéndose de aquella inextinguible, risa que, según Homero, cupo en suerte a los dioses; iban y venían sus barrigas y sus espaldas, y en estas idas y venidas se cayó el navío de la uña del Sirio en el bolsillo de los calzones del saturnino. Buscáronle ambos mucho tiempo; al cabo toparon la tripulación, y la metieron en el navío lo mejor que pudieron. Cogió el sirio a los oradorcillos y les habló con mucha afabilidad, aunque estaba algo mohíno de ver que unos infinitamente pequeños tuvieran una vanidad tan infinitamente grande. Prometióles que compondría un libro de filosofía escrito en letra muy menuda para su uso, y que en el verían el por qué de todas las cosas; y en efecto, antes de irse les dio el prometido libro, que llevaron a la Academia de Ciencias de París. Mas cuando lo abrió el secretario, se halló con que estaba todo en blanco, y dijo: ¡Ah!, ya me lo presumía yo.



FIN DE
«MICROMEGAS»


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jueves, 21 de junio de 2012

El abanderado - Alphonse Daudet

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EL ABANDERADO - Alphonse Daudet


-traducción de Enrique Gómez Carrillo (1893)-



I
El regimiento estaba en batalla sobre un repecho de la vía férrea, sirviendo de blanco a todo el ejército prusiano amontonado en frente, bajo el bosque. Se fusilaban a ochenta metros. Los oficiales no cesaban de gritar: "¡acostaos!" pero ningún soldado quería obedecer y el fiero regimiento seguía de pie, agrupado alrededor de una bandera. En ese gran horizonte de sol poniente, de trigos en espiga y de pastos de ganado, aquella masa de hombres, atormentados y envueltos en el manto inmenso de la humareda confusa, tenía el aspecto de un rebaño sorprendido a campo raso en el primer torbellino de un huracán formidable. 
El hierro caía como una lluvia sobre el repecho en donde no se oía sino la crepitación de la fusilería, el ruido sordo de las gábatas rodando entre la fosa y las balas que vibraban eternamente de un extremo a otro del campo de batalla, como las cuerdas tendidas de un instrumento siniestro y retumbante. De cuando en cuando la bandera que se alzaba sobre las cabezas, agitándose al viento de la metralla, perdíase entre el humo; y una voz grave y fiera, hacía oír, dominando el estrépito de las armas y las quejas y juramentos de los heridos, estas breves palabras: "A la bandera, hijos míos, a la bandera"... Entonces un oficial, vago como una sombra, ágil como una flecha, desaparecía un instante entre la niebla roja; y la heroica enseña volvía a desenvolver sus pliegues por encima de la batalla. 
Veintidós veces había caído... Veintidós veces su asta, tibia aún, fue heredada de la mano de un moribundo por un valiente que volvía a levantarla. Y cuando, ya por la noche, lo que quedaba del regimiento -un puñado de hombres apenas- se batió lentamente en retirada, aquel pabellón ya no era sino un andrajo glorioso en manos del sargento Hormus, vigésimo tercio abanderado de la jornada. 


II
El tal sargento Hormus era un viejo tonto que casi no sabía ni escribir su nombre y que había empleado veinte años en ganar los galones que adornaban la manga de su casaca. Todas las miserias del expósito y todos los atontamientos del cuartel se reflejaban en su frente baja, en su espalda abovedada por el saco, en su rostro inconsciente de soldado humilde. Además tenía el defecto de ser algo tartamudo; mas para ser abanderado no se necesita gran elocuencia y la misma tarde de la batalla su coronel le dijo; "Tú tienes la bandera, mi bravo sargento; guárdala." Y sobre su viejo uniforme de campaña, bien pasado ya a causa de la lluvia y el fuego, la cantinera sobrecosió al instante, une cordoncillo dorado de subteniente. 
Ese orgullo, único en su vida de humildad, irguió el cuerpo del viejo militar; y la costumbre de caminar encorvado, con los ojos bajos, se cambió desde entonces en el hábito de marchar orgullosamente, con la mirada en alto para ver flotar el fragmento de tela que se mantenía en sus manos, siempre derecho, siempre fiero, por encima de la muerte, por encima de la traición y por encima de la derrota. 
Nadie ha visto, en época alguna, un hombre tan dichoso como Hormus, cuando en los días de batalla tenía el asta entre las manos afirmándola en su estuche de cuero negro. Ni hablaba ni se movía; y serio como un sacerdote, tenía el aspecto de guardar una cosa sagrada. Toda su vida, y toda su fuerza estaban concentradas en esos dedos que se crispaban alrededor de un harapo glorioso sobre el cual rodaban las balas. Sus ojos llenos de fiereza, miraban de frente a los prusianos, y parecían decir: "Atreveos pues; tratad siquiera de venir a robármela!..." 
Pero nadie, ni aun la misma muerte, lo intentaba. Después de Borny, después de Gravelotte, después de las batallas más terribles, la bandera continuaba su camino, deshecha, agujereada, transparente, llena de heridas; mas era siempre el viejo Hormus quien la llevaba. 

III
Después... llegó septiembre, el ejército en Metz, el bloqueo, y esa larga parada en el fango donde rodaban los cañones sin dirección y donde las primeras tropas del mundo desmoralizábanse por el ocio y por la falta de víveres y de noticias, muriendo de fiebre y de fastidio al pie de sus fusiles. 
Ni los jefes ni los soldados creían ya en cosa alguna; solo Hormus guardaba aún la confianza. Su harapo tricolor le hacía creer en todo; y mientras él lo sentía a su lado, estaba seguro de que nada se había perdido. Desgraciadamente, como ya nadie se batía, el coronel guardaba las banderas en su casa misma, en un barrio de Metz; y el bravo subteniente vivía como una madre que tuviese a su hijo en nodriza, pensando en él sin cesar. Cuando el fastidio lo atormentaba, hacía un viaje a Metz, de donde regresaba contento después de mirar su bandera siempre en el mismo sitio, siempre tranquila, siempre recostada majestuosamente contra el muro. Esos viajes que él verificaba en una sola jornada, hacían nacer en su alma el valor y la paciencia; hacíanle sonar con campos de batalla, con marchas gloriosas y con las grandes enseñas tricolores flotando a lo lejos sobre las trincheras prusianas... 
La orden del día del mariscal Bazaine, hizo rodar por tierra las bellas ilusiones. Una mañana, Hormus vio, al despertarse, mucha agitación en el campamento. Los soldados, reuniéndose en grupos, murmuraban, animándose y excitándose con gritos de rabia; levantando los puños hacia un punto de la ciudad como si sus cóleras designasen a un culpable... "Atrapadle!... Fusilémosle..." Y los oficiales guardaban silencio, apartándose del bullicio, avergonzados... avergonzados de haber leído a cincuenta mil valientes, bien armados aún, aún vigorosos, la orden del mariscal que los entregaba sin combate al enemigo... 
-¿Y las banderas? -preguntó Hormus palideciendo... Las banderas también habían sido entregadas con los fusiles, con el resto de los equipajes, con todo... 
- ¡Ra... Ra... Rayo de Dios!... -balbuceó el pobre hombre- ..."En todo caso aún no tendrán la mía... 
Y, ligero como una bala, se echó a correr hacia la ciudad. 

IV
También en Metz la animación era inmensa. Los guardias nacionales, los guardias móviles y los burgueses, se agitaban gritando; las diputaciones recorrían las calles vibrantes y precisadas, dirigiéndose a la casa del mariscal. -Hormus no veía nada, no oía una palabra; hablando consigo mismo, subía a grandes pasos la calle del Faubourg. 
-¡Robarme mi bandera!... Pues no faltaba más!... ¡Acaso es posible robar una bandera!... ¡Acaso tienen derecho!... Si les quiere dar algo a los prusianos que les dé lo suyo... sus carrozas doradas, su vajilla magnífica traída de Méjico... Pero mi pabellón... El pabellón es mío... El pabellón es mi dicha, mi fortuna... ¡Y yo prohibo terminantemente que lo toquen! 
Todas estas frases incompletas, estaban cortadas por la marcha y por la tartamudez. Pero en el fondo él tenía su idea: una idea bien firme, bien precisa: tomar la bandera, llevarla flotante al seno del regimiento y pasar luego sobre el vientre de los prusianos con todos los que quisieran seguirle. 
Cuando llegó al fin de su camino, ni siquiera le dejaron entrar. El coronel, furioso también, no quería recibir a nadie... Pero el viejo Hormus no entendía así el asunto y jurando, gritando y empujando al plantón: "Mi bandera -decía-, dadme mi bandera...!" 
Al fin se abrió una ventana: 
-¿Eres tú, Hormus? 
-Sí, mi coronel, yo... 
-Todos los pabellones están en el Arsenal..., no tienes necesidad sino de presentarte ahí para que te den un recibo... 
-Un recibo?... Para qué?... 
-Es la orden del mariscal... 
-Pero... coronel... 
-¡Déjame en paz!... Y la ventana se cerró... 
El viejo Hormus vaciló como si estuviese borracho y repitió entre dientes: 
-¡Un recibo!... Un recibo!... 
Al fin púsose en marcha por segunda vez, no pensando sino en que su bandera estaba en el Arsenal y que era necesario volverla a ver, costara lo que costara. 

V
Las puertas del Arsenal estaban completamente abiertas para dejar el paso libre a los carros prusianos que esperaban su cargamento en el patio inmenso. Hormus sintió, al entrar, que un escalofrío agitaba sus nervios. Todos los demás abanderados, cincuenta o sesenta oficiales silenciosos e indignados, estaban allí... Y todos aquellos hombres tristes, con las cabezas desnudas, agrupándose detrás de los enprmes carros sombríos, daban a la escena un aspecto de entierro. La lluvia aumentaba la emoción de tristeza... 
Los pabellones del ejército de Bazaine estaban amontonados en un rincón, confundiéndose sobre el suelo fangoso. Nada más terrible que el espectáculo de esos fragmentos de rica seda, pedazos de franjas de oro y de astas trabajados, arreos gloriosos echados por tierra y manchados de lluvia y de lodo. -Un oficial de administración los iba cogiendo, uno por uno; y al nombre de su regimiento, pronunciado en alta voz, cada abanderado se acercaba para recoger un recibo. Derechos e impasibles, dos oficiales prusianos vigilaban el cargamento. 
¡Y vosotros os ibais así ¡oh santos jirones gloriosos! desplegando vuestros agujeros y barriendo tristemente la tierra, como banda de pájaros que tuviesen las alas rotas!... ¡Vosotros os ibais con la vergüenza de las grandes cosas humilladas... y cada uno de vosotros se llevaba un pedazo de la Francia!... El sol de las largas jornadas dejó su sello entre vuestras arrugas marchitas... Vosotros guardáis, en las marcas de las balas, el recuerdo de muchos héroes desconocidos que cayeron muertos, al azar, bajo vuestras franjas tricolores!..... 
-Ya llegó tu turno, Hormus... Ahí te llaman... Vea buscar tu recibo... 
Se trataba de un recibo cuando una bandera francesa, la más bella, la más mutilada, la suya estaba delante de sus ojos?... El viejo sargento se figuraba estar aún allá arriba, de pie sobre el repecho de la vía férrea... Su ilusión le hacía oír de nuevo el canto de las balas, el ruido de las gábatas que rodaban y la voz robusta del coronel: "A la bandera, hijos míos, a la bandera"... Luego, sus veintidós camaradas muertos y él, vigésimo tercio abanderado, precipitándose a su vez para levantar y sostener el pobre pabellón que vacilaba falto de brazo... ¡Ah! ese día había jurado defenderlo, guardarlo hasta la muerte... Y ahora... 
Sólo de pensarlo, toda la sangre del corazón le subía a la cabeza... Ebrio, sin sentido, lanzóse sobre el oficial prusiano arrancándole su enseña idolatrada, para agitarla de nuevo entre sus manos, para levantarla aún, bien alta, bien recta y para gritar: - "A la ban....." Pero su grito fue cortado entre su garganta... y sintió temblar el asta, que se escapaba de sus manos... En ese aire malsano, en ese aire de muerte que pesa terriblemente sobre las ciudades rendidas, la bandera no podía flotar... Nada de orgulloso, nada de fiero podía vivir ahí... Y el viejo Hormus cayó fulminado...
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martes, 3 de abril de 2012

Muerte entre Bastidores - Bram Stoker

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MUERTE ENTRE BASTIDORES

Supongo que algunos de ustedes recordarán el caso ocurrido no hace mucho del acróbata que murió en accidente durante una representación. No hace falta mencionar nombres. Nos referiremos a él como Mortimer, Henry Mortimer. Nunca se supo la causa de su muerte, pero yo sí sé cómo se produjo. He guardado silencio durante todo este tiempo, y ahora puedo hablar sin miedo a herir a nadie. Ya han fallecido todos los interesados en su muerte o en la del hombre que la planeó.
Cualquiera de ustedes que conozca el caso recordará lo apuesto, bien parecido y elegante que era Mortimer. Creo que es el hombre más atractivo que he visto nunca. Además, era el tipo más ágil que haya pisado nunca un escenario. Estaba tan seguro de sí mismo que utilizaba peso extra; así, cuando caía el contrapeso, saltaba cinco o seis pies más alto de lo que nunca nadie ha podido saltar. Además, levantaba las piernas en el aire de tal forma, parecida a como hacen las ranas al nadar, que daba la sensación de que saltaba mucho más arriba.
Creo que todas las chicas estaban enamoradas de él por la forma en que se comportaban cuando estaban entre bastidores y se acercaba el momento de su entrada. Eso no le habría importado mucho (las chicas siempre se enamoran de un hombre u otro), de no haber sido porque varias mujeres casadas empezaron a comportarse igual. Para mayor vergüenza, algunas de las que iban siempre detrás de él llevaban a sus propios maridos. 
Era una situación bastante peligrosa y difícil de soportar para un hombre que quería ser decente a toda costa. Pero el verdadero tormento y el auténtico problema lo era la joven esposa de mi propio jefe, Jack Haliday, el tramoyista jefe. Ella era demasiado para la sangre y la carne de cualquier hombre. Había empezado en el mundo del teatro la temporada anterior como gimnasta. Podía saltar más alto que las chicas que le sacaban medio metro de altura. Era una chiquilla menuda, tan bonita como un pastel, una muchachita delgada, de pelo rubio y ojos azules, que bien hubiera podido pasar por chico de no ser por dos detalles que no dejaban lugar a dudas. Jack Haliday se volvió loco por ella y, cuando la noticia saltó, y puesto que no se presentó ningún otro joven brillante ni con posibles, ella se casó con él. Fue lo que suele llamarse un matrimonio de conveniencia pero, después de cierto tiempo, comenzaron a llevarse muy bien. Todos pensamos que le empezaba a gustar el viejo (Jack era lo suficientemente mayor como para ser su padre y aún le sobraban años). En verano, al terminar la temporada, él se la llevó a la isla de Man y, a la vuelta, no ocultó a nadie que habían sido los días más felices de su vida. Ella también parecía dichosa y lo trataba con cariño. Todos empezamos a creer que aquel matrimonio saldría bien.
Sin embargo, cuando se iniciaron los ensayos de la nueva temporada, las cosas comenzaron a cambiar. El viejo Jack parecía disgustado y había perdido el interés por su trabajo. Loo, así se llamaba la señora Haliday, ya no se mostraba cariñosa con él y se ponía nerviosa cuando él estaba cerca. Entre nosotros, los hombres, no hacíamos ningún comentario al respecto, pero las mujeres casadas sonreían, asentían con la cabeza y susurraban que tal vez ella tuviera sus razones. Un día, en el escenario, cuando comenzaba el ensayo del acróbata, alguien comentó que quizá ese año la señora Haliday no bailaría; todas sonrieron como si compartieran un secreto. Entonces, la mujer de Jack se levantó y les soltó una perorata por meter las narices donde no debían, por decir un montón de mentiras y cosas por el estilo. Los demás tratamos de consolarla lo mejor que supimos y ella se marchó a casa.
Poco después de este episodio, la señora Haliday y Henry Mortimer se fueron juntos al acabar el ensayo; Henry se había ofrecido a acompañarla hasta su casa, y ella no se opuso. Ya dije anteriormente que era un hombre muy atractivo.
A partir de ese día y hasta la noche de la última representación que, por supuesto, era una función de gala (“Todo para todos”), ella no apartaba los ojos de él.
Parecía como si Jack Haliday no se diera cuenta de lo que sucedía a su alrededor, aunque todos lo supiéramos. En realidad, el trabajo le tenía muy ocupado: un tramoyista jefe no tiene mucho tiempo libre el día de una función de gala. Y, por supuesto, nadie de la compañía dijo ni hizo nada que llamase su atención sobre aquella cuestión. Los hombres y las mujeres son unos seres muy extraños. Están ciegos y sordos ante el peligro que los acecha y, sólo cuando el escándalo ya es irremediable, se ponen a hablar, justo cuando lo que deberían hacer es guardar silencio.
Yo me daba cuenta de todo lo que sucedía, pero no lo entendía. Me gustaba Mortimer y lo admiraba, igual que me ocurría con la señora Haliday. Pensaba que era un gran tipo. Yo apenas era un crío y, además, siendo el aprendiz de Haliday, lo que menos deseaba era buscarme líos, aunque intuía que vendrían de todas formas. Sólo después de volver a pensar mucho en los hechos, he podido empezar a comprender lo que sucedía. Espero que ahora ustedes puedan entenderlo todo, puesto que lo que les cuento es fruto de lo que vi, oí y me contaron, tras haber permanecido sepultado y oculto en mi mente durante mucho tiempo.
La función llevaba ya unas tres semanas en cartel. Un sábado, entre dos números, oí hablar a dos miembros de la compañía. Eran dos de esas chicas que bailan, cantan y tratan de hacerse imprescindibles. No creo que ninguna de ellas fuera mejor que la señora Haliday. Eran de esas chicas que corren detrás de los jóvenes a los que les sobra el dinero y pueden invitarlas a cenas regadas con champán. Pero lo único que viene al caso aquí son los celos que sentían por las mujeres casadas, en realidad, el mismo objetivo que ellas perseguían, mujeres que, por lo general, tenían un nivel de vida más alto que ellas. Las mujeres de ese tipo disfrutan viendo hundirse a una mujer decente; eso les hace sentirse más importantes. Dos auténticas balas perdidas, completamente acabadas, querían salvar a una chica decente de caer en sus mismos errores. Esto es así mientras son jóvenes, porque una mujer indecente entradita en años ya es el colmo. Estarán ansiosas por destrozar a cualquiera, siempre que puedan sacar provecho de ello.
Bueno, pues las dos chicas disfrutaban cotilleando sobre la señora Haliday y lo encaprichada que estaba con Mortimer. No se dieron cuenta de que yo estaba sentado en un palco detrás de un decorado que debía estar preparado para el comienzo de la representación de noche. Las dos estaban enamoradas de Mortimer, que no les hacía el menor caso a ninguna, de manera que estaban furiosas como gatas en celo. Una decía:
—El viejo es peor que un ciego. No quiere ver.
—Yo no estaría tan segura de eso —respondió la otra—. No va a dejar pasar la ocasión. Creo que tú también estás ciega, Kissie. —Ése era su nombre, Kissie Mountpelier, incluso en los papeles oficiales—. La acompaña a casa todas las noches después de la función. Tú deberías saberlo mejor que nadie, te pasas las horas muertas en el vestíbulo esperando a que tu chico llegue del club.
—¿Qué dices, bola de sebo?—replicó la otra con un lenguaje bastante grosero—. ¿No sabes que siempre hay dos finales posibles? El viejo sólo quiere un final.
A continuación, se pusieron a cuchichear y a reírse con disimulo. Poco después, la otra le dijo:
—Él piensa que sólo se puede hacer daño después de acabar el trabajo.
—Vaya broma —respondió la otra—. Ellos saben perfectamente que el viejo tiene que estar abajo mucho antes de que se levante el telón; la señora no llega hasta el número de baile de La Visión de Venus, después del intermedio, y él hasta que no toca su número de acrobacia.
Después de oír aquello, me fui. No estaba dispuesto a escuchar más tonterías como aquélla.
Durante aquella semana las cosas siguieron su rumbo normal. El pobre Haliday no estaba bien. Parecía preocupado y tenía un humor de perros. Yo tenía mis razones para creer que lo que le preocupaba era su trabajo. Siempre había sido muy trabajador y la temporada era un verdadero tormento para él. No pensaba más que en su deber. Se me ocurrió que quizá ése era el motivo por el que aquellas dos chicas se habían inventado aquella historia difamatoria. Después de todo, una calumnia, sin importar lo falsa que sea, debe empezar de un modo u otro. Si no existe una base real, se cuenta algo que lo parezca. No importaba lo ocupado que estuviese el viejo Jack, porque siempre sacaba tiempo para llevar a casa a su mujer.
A medida que transcurría la semana, el viejo se iba poniendo cada vez más pálido, y yo empecé a pensar que estaba enfermo. Normalmente, se quedaba en el teatro entre las dos funciones del sábado y no se iba a casa; solía tomarse un tentempié en la cafetería que estaba al lado del teatro y así estaba disponible en caso de que surgiera cualquier imprevisto en la preparación de la función de la noche. Aquel sábado salió, como el resto de los sábados, durante el primer número y mientras los operarios preparaban los materiales para el resto de las actuaciones. Algo más tarde surgió algún problema, el típico problema de los sábados, y salí a buscarlo. Al entrar en la cafetería, no lo vi. Pensé que era mejor no preguntar ni indagar, y volví al teatro. Allí, los operarios, que habían discutido sobre si salir a tomar algo, me dijeron que el problema se había solucionado solo, como  siempre. Metí prisa a los que quedaban y conseguimos tenerlo todo listo justo a tiempo para que salieran a comer algo. Después, salí yo. Por aquellos días, yo empezaba a sentir ya el peso de la responsabilidad, así que me entretuve lo menos posible y volví enseguida para revisar los aparatos y comprobar que todo estaba en orden, especialmente la trampilla, de la que Jack Haliday estaba siempre pendiente. Podía disculpar un fallo en cualquier cosa, pero si te equivocabas con una trampilla, estabas despedido. Siempre les decía a los operarios que aquél no era un trabajo corriente: era cuestión de vida o muerte.
Acababa de terminar mi revisión cuando vi al viejo Jack entrar por el vestíbulo. No había nadie a aquella hora y el escenario estaba a oscuras. Pero, a pesar de la oscuridad, pude ver que el viejo estaba terriblemente pálido. No le dije nada porque estaba lejos y, además, por la forma en que se movía, sigilosamente, deslizándose tras los decorados, imaginé que no quería que nadie le viera. Pensé que lo mejor que podía hacer era quitarme de en medio. Salí y me tomé otra taza de té.
Volví un poco antes que los operarios, cuya única preocupación era estar en sus puestos cuando sonara el silbido de Haliday. Fui a presentarme a mi jefe, que estaba en una pequeña cabina de mamparas de cristal en la parte de atrás del taller de carpintería. Allí estaba, inclinado sobre un banco, y limaba algo con tanta energía que pareció no escuchar que yo llegaba. Me marché sin decirle nada. No es muy inteligente que un aprendiz estorbe a su maestro cuando éste está ocupado en sus asuntos.
Llegado el momento de la función, se encendieron las luces. Haliday estaba, como siempre, en su puesto. Parecía muy pálido y enfermo, tan enfermo que, al salir el director de escena, le dijo que si prefería irse a casa a descansar, él se encargaría de que alguien hiciera su trabajo. Haliday se lo agradeció, pero le dijo que podía seguir.
—Me siento un poco débil y raro, señor —le dijo—. Hace sólo un rato parecía como si me fuera a desmayar. Pero ya se me ha pasado y estoy seguro de que podré desempeñar correctamente mi labor.
Las puertas se abrieron y el público de la función del sábado noche entró entre empujones. El Victoria era todo un acontecimiento los sábados por la noche. No importaba lo que pudiera pasar otras noches, aquella función siempre salía bien. En la profesión se comentaba que el Victoria vivía de eso y que la dirección del espectáculo se tomaba vacaciones el resto de la semana. Los artistas lo sabían y no importaba si la representación salía más o menos floja de lunes a viernes; esa noche todos estaban listos y en plena forma. No había ni tropiezos ni errores la noche del sábado. De no ser así, sabían que iban a la calle.
Mortimer era uno de los que más cuidado ponía. No vacilaba en ningún momento (claro que un momento de vacilación en un acróbata no es un defecto porque, si lo tiene, adiós acróbata). Siempre daba lo mejor de sí la noche del sábado. Cuando salía disparado por encima de la trampilla en forma de estrella, siempre llegaba un par de metros más alto. Para conseguirlo, teníamos que poner siempre mucho más peso. Era él mismo quien lo comprobaba, porque no es ninguna broma que te lancen por una trampilla como si te disparasen con un cañón. Las puntas de la estrella deben quedar libres y las bisagras estar perfectamente engrasadas ya que, en caso contrario, puede suceder cualquier desgracia. Además, hay una persona encargada de vigilar que todo esté a punto en el escenario. Recuerdo haber oído que una vez en Nueva York, de eso hace ahora ya muchos años, falleció un acróbata por culpa de un operario (lo que los yanquis llaman carpintero y los forasteros tramoyista) que se puso a caminar sobre la trampilla justo cuando se habían dejado caer los contrapesos. A la viuda no le sirvió de consuelo saber que el tramoyista también había muerto. Aquella noche, la señora Haliday estaba más guapa que nunca y botó la pelota más alto que en ninguna otra ocasión. Después, ya vestida de calle, regresó como siempre a los bastidores y esperó a que comenzaran las acrobacias. El viejo Jack cruzó el escenario y se puso a su lado. Lo vi desde la parte de atrás de las filas de asientos deslizantes que rodean los “Reinos del Placer”. No pude evitar comprobar que el viejo seguía terriblemente pálido. Tenía la mirada fija en la trampilla con forma de estrella. Al darme cuenta, miré también hacia allí. Temía que algo pudiera salir mal. Pero, cuando se había montado el escenario para la función de tarde, yo había comprobado que todo funcionaba correctamente y que las juntas estaban bien engrasadas y, como no se había tocado nada en toda la noche, estaba tranquilo. Creo que me pareció ver un brillo extraño cuando el foco iluminó las bisagras de latón. Había una luz que daba justo encima del puente; así, se conseguía realzar la actuación del acróbata y su enorme salto. La gente solía chillar cuando lo veía salir disparado por la trampilla. El acróbata juntaba las piernas en el aire y las separaba durante un instante; luego, mientras bajaba, las volvía a juntar y sólo doblaba las rodillas cuando tocaba el escenario.
Al dar la señal, el contrapeso funcionó correctamente. Por el sonido del golpe, supe que hasta ese momento no había problemas.
Pero algo no salió bien. La trampilla no se accionó con suavidad; se abrió de golpe justo cuando la cabeza del acróbata la rozó. Se oyó un ruido y un chasquido, y las piezas de la estrella saltaron y cayeron por el escenario. Con ellas apareció también la silueta llena de color y lentejuelas que ya conocemos.
Pero no se levantó como siempre. Subía erguido, sin la elasticidad habitual en él. No movía las piernas y, cuando estuvo a una altura considerable, aunque no tan arriba como acostumbrada, pareció perder el equilibrio y cayó a un lado del escenario. El público gritó horrorizado, y la gente que estaba entre bastidores, artistas y personal de mantenimiento, unos en traje de calle y otros vestidos para la actuación, lo rodearon. Pero el hombre de lentejuelas apenas se movía.
El mayor grito fue el de la señora Haliday. Llegó la primera al lugar donde yacía él, donde yacía aquello. El viejo Jack estaba muy cerca, justo detrás de ella, y la sujetó cuando se desmayó. Sólo vi eso. Tenía que recoger las piezas de la trampilla, ya había demasiada gente ocupándose del cadáver. En ese momento, lo más difícil era atravesar la orquesta y subir al escenario.
Me las arreglé como pude para reunir los trozos antes de que se abalanzara el público. Me di cuenta de que algunos trozos tenían mellas muy profundas, pero sólo me dio tiempo a echar un vistazo. Con un palco tapé el agujero para que nadie metiera el pie dentro porque, en el mejor de los casos, eso habría supuesto una pierna rota. Si alguien llegaba a caerse dentro, podía ser mucho más grave. Entre otras cosas, encontré un extraño objeto de acero pulido con algunas zonas dobladas hacia adentro. Yo sabía que no era una parte de la trampilla pero, como debía venir de algún sitio, me lo metí en el bolsillo.
En ese momento ya se había congregado una multitud alrededor del cuerpo de Mortimer. Con sólo ver su postura, no había duda alguna de que estaba muerto y bien muerto. Estaba despatarrado, en una posición muy rara: una de las piernas la tenía doblada por debajo del cuerpo y la punta del pie le asomaba de un modo antinatural. ¡Pero, ya basta, mejor no entrar en más detalles sobre un cadáver!
La gente también se congregaba alrededor de la señora Haliday. Su marido la había llevado y la había recostado en una zona que estaba cerca de los bastidores. Ella también parecía un cadáver; estaba pálida, fría y no se movía. El viejo Jack permanecía arrodillado a su lado, y le acariciaba las manos. Se le veía preocupado por ella porque también él  estaba mortalmente pálido. Sin embargo, mantuvo la sangre fría y llamó a sus hombres. Dejó a su mujer al cuidado de la señora Homcroft, la encargada del ropero, que había bajado corriendo. Era una mujer muy eficiente, que supo actuar con decisión; le pidió a uno de los hombres que estaban allí que cogiera a la señora Haliday y la llevara al guardarropa. Me contaron que, al llegar allí, echó a todos los que la habían seguido, tanto hombres como mujeres, para ocuparse de todo ella misma.
Puse los trozos de la trampilla encima del palco y le pedí a uno de nuestros operarios que se encargara de ellos y que nadie los tocara, porque podían pedírnoslos después. A esas horas, ya habían llegado los policías que estaban de servicio enfrente del teatro. Como habían llamado a la comisaría, no paraban de llegar agentes. Uno de ellos se ocupó del sitio donde estaba la trampilla rota. Cuando le contaron quién había colocado allí el palco y los trozos rotos, mandó a buscarme. Mientras tanto, otros agentes se llevaron el cuerpo a guardarropía, una sala grande con bancos, que se podía cerrar con llave. Dos de los agentes se quedaron de guardia en la puerta y no dejaban que entrara nadie sin su permiso.
El policía encargado de la trampilla me preguntó si había visto el accidente. Le respondí que sí, y me pidió que se lo describiera. No creo que confiara mucho en mi capacidad descriptiva, porque enseguida obvió esa parte del interrogatorio. A continuación, me pidió que le indicara dónde había encontrado los trozos de trampilla. Yo simplemente le dije:
—¡Dios mío, señor, no puedo decírselo! Cayeron por todas partes. Tuve que recogerlos de entre los pies de la gente, que se abalanzaba de todos los lados.
—De acuerdo, chaval —me dijo de una forma bastante amable para ser policía—. No creo que te molesten más. Según me han dicho, hay montones de hombres y mujeres que estaban allí y que lo vieron todo. Los llamaremos a todos a declarar.
Por aquella época yo era un chiquillo enclenque (bueno, tampoco es que ahora sea un gigante) y me imaginé que no iban a utilizar como testigo a un crío cuando había montones de adultos. Después, el policía comentó algo poco amable sobre mí y un centro para subnormales, así que cerré la boca y no dije nada más.
Poco a poco, se habían ido deshaciendo del público. Algunos se marcharon en grupo para tomar una copa antes de que cerraran los bares y para charlar de todo lo sucedido. El resto de nosotros y la policía permanecimos allí. Luego, cuando la policía ya se había hecho cargo de todo y había puesto hombres de guardia para toda la noche, llegó el juez de instrucción. Ordenó el levantamiento del cadáver y su traslado al depósito, donde el forense de la policía le practicaría la autopsia. Me dejaron irme a casa, y yo me fui encantado cuando vi que todo se quedaba en orden.
El señor Haliday se llevó a su mujer a casa en una calesa, quizá porque la señora Homcroft y otras almas piadosas le habían dado tanto whisky, coñac y ron, tanta ginebra, cerveza y pipermín que creo que no habría podido dar un paso ni aunque hubiera querido.
Al desvestirme y mientras me quitaba los pantalones, algo me arañó en la pierna. Vi que se trataba del trozo de acero pulido que había recogido del escenario. Tenía la forma de una estrella de mar, pero con las puntas muy cortas. Algunas estaban dobladas hacia abajo y el resto las habían vuelto a enderezar. Me quedé con ella en la mano. Me pregunté de dónde podía haber salido y para qué serviría, pero no pude recordar nada del teatro donde pudiera encajar. La miré de nuevo más de cerca y comprobé que todos los bordes estaban limados y que brillaban. Pero eso no me sirvió de mucho, así que la dejé en la mesilla y pensé que me la llevaría por la mañana. Tal vez alguno de los chicos supiera algo. Apagué el quinqué, me acosté y me dormí. 

Debí de empezar a soñar inmediatamente. El sueño tenía relación, como no podía ser de otra forma, con el terrible suceso que había ocurrido aquella noche. Pero, como sucede en todos los sueños, todo estaba confuso. Todo se mezclaba: Mortimer con sus lentejuelas volando sobre la trampilla, ésta que se rompía y los trozos salían despedidos. El viejo Jack miraba hacia una parte del escenario con su mujer a su lado, él tan pálido como un muerto y ella más bella que nunca. Entonces, Mortimer caía retorcido sobre el escenario. La señora Haliday gritaba y ella y Jack salían corriendo. Mientras, yo recogía los trozos de la trampilla de entre los pies de la gente y encontraba la estrella de acero con las puntas limadas.
Me desperté empapado en sudor frío. Me senté en la cama en medio de la oscuridad y me dije:
—¡Eso es!
Me puse a darle vueltas, me tumbé de nuevo y empecé a pensar en todo aquello. Y de golpe, todo se aclaró. Fue el señor Haliday quien fabricó la estrella y quien la colocó en los puntos de unión de la trampilla. Eso era lo que estaba limando el viejo Jack cuando lo vi en su banco de trabajo. Lo había hecho porque Mortimer y su mujer se habían estado acostando. Después de todo, aquellas chicas tenían razón. Claro, las puntas de acero habían impedido que la trampilla se abriera. Por eso, cuando Mortimer salió disparado, se rompió el cuello.
Pero en aquel momento me sobrecogió una idea terrible. Si Jack lo había hecho, era un asesino y lo colgarían. Después de todo, era con su mujer con quien se había acostado el acróbata. El viejo Jack la amaba más que a sí mismo y había sido muy bueno con ella, y ella era su mujer. Aquel pedazo de acero iba a hacer que lo colgaran, si es que se llegaba a conocer su existencia. Pero nadie, salvo yo y quienquiera que lo fabricara y lo colocara en la trampilla, sospechaba de su existencia. El señor Haliday era mi maestro, y el hombre que estaba muerto, un canalla.
Por aquella época, yo vivía en Quarry Place. En la vieja cantera había una charca tan profunda que los chicos solían decir que muy abajo el agua hervía porque estaba cerca del infierno.
Nadie supo nada. Nunca he dicho una palabra de esto hasta hoy. Me llamaron a declarar. Todo el mundo tenía prisa: el juez, el jurado y la policía. Nuestro jefe también tenía prisa porque queríamos seguir con el espectáculo todas las noches y hablar demasiado de la tragedia habría perjudicado al negocio. No se averiguó nada y todo siguió como siempre. Todo, salvo una cosa. Después de lo ocurrido, la señora Haliday ya no se quedaba entre bastidores durante los números de acrobacia, y estaba tan enamorada de su anciano marido como cualquier mujer lo estaría del suyo. Era a él a quien miraba y siempre con una especie de adoración respetuosa. Ella lo sabía, aunque todos lo ignoraban, al igual que lo sabíamos su esposo y yo.
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domingo, 1 de abril de 2012

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viernes, 23 de marzo de 2012

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